Addictive Obsession: un debut memorable

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Por Fabio R. Castillo

Addictive Obsession era la banda que se anunciaba como un fracaso por excelencia. Hacía meses que sus publicaciones inundaban las redes sociales solo para anunciar que existía y que componían canciones. Las elecciones estéticas tiraban en la dirección de una oscuridad adolescente, con una locura a lo Suicide Squad, de risas malvadas e insinuaciones de erotismo barato.

La forma de proyectarse que tenía la banda me recordaba siempre a aquellos tiempos de secundaria básica, en el que los frikis del momento —hoy defensores de otros estilos, como el trap o el dubstep— se regocijaban de lo supuestamente malvadas que eran bandas como Rammstein, Slipkont o Marilyn Manson.

La inmadurez de la que hacía gala este nuevo grupo de la escena habanera resultaba abrumadora. ¿Sería que en verdad Addictive Obsession pensaba tomarse el sexo como logro supremo y hacerse pasar por rechazados de una sociedad que no entendía los supuestos impulsos oscuros que atormentaban su día a día?

La cuestión se esclarecería el 28 de octubre en el Maxim Rock, fecha y lugar del primer concierto de la banda. Entre los presentes, había un interés común, por lo menos entre los más atados a la escena. Todos estábamos expectantes de ver a los Obsession en vivo.

Por supuesto, el escepticismo era la norma.

Cuando los seis músicos salieron al escenario, no hubo un gran estruendo. Un guitarrista llevaba un vestido rojo, en contraste con sus piernas velludas y su poblado bigote; el otro vestía de samurái mientras que el bajista escondía su rostro tras una máscara de gas. El baterista también se encontraba enmascarado. Resulta difícil discernir si tal es la vestimenta habitual del grupo o se encontraban disfrazados por motivo de Halloween.

Por otro lado, el frontman, Dariel TF, maquillado de payaso malvado, proyectaba su estampa de reggaetonero sobre la primera fila de público. «Si de malevolencia se trata, vendría bien ajustar una u otra tuerca», comentó alguno de los presentes; y es cierto que la estética cómic se queda francamente pequeña al lado de bandas como Skjult o Hrafnsmerki, cuyo impacto visual es poco menos que sobrecogedor.

Entonces, comenzó a sonar la música.

No se me ocurre mejor lección de humildad que la impartida por Addictive Obsession esa noche. Desde el instante uno quedó claro que la fórmula del grupo estaba no solo definida sino muy pulida, además. Metal industrial, lo llaman ellos; y metal industrial es lo que traen. Es sencillo, sin demasiada pretensión. Sintetizador, guitarras pesadas y repetitivas, ritmo disco en el drum y listo.

Más de uno comentó la calidad impecable de la banda. Era una fusión de lo mejor de Rammstein con lo mejor de Marilyn Manson, eso es seguro. El trabajo de curaduría al elegir los elementos había sido brillante, obra de los excelentes músicos que desenvolvían sobre el escenario como si formara parte de su rutina mañanera.

La audiencia empezó a notarlo también. Se ha dicho y redicho que el aprecio del público habanero es más un regusto que una explosión de sabores. Así, le más grande muestra de respeto que ofrece es quedarse dentro de la sala para ver el concierto completo. La asistencia al evento del 28 de octubre fue sustanciosa. El teatro estaba lleno cuando tocaba el novel grupo.

Y el concierto continuaba. Canción tras canción, lejos de perder público, la banda parecía ganarlo. Hubo bailes junto a la música, hubo cabeceo y hasta mosh hubo una o dos veces. La influencia de las bandas patronas de Addictive Obsession ni siquiera se limitaban al sonido, porque había que ver el calibre del espectáculo que supieron preparar.

Dentro de un caos medio robótico que englobaba a cada uno de los músicos se encontraba una armonía peculiar que reforzaba el carácter aplastante de la presentación. Entre la marcha que retumbaba tras las melodías vocales simples y medio cromadas y la combinación de frases ominosas con repentinos arrebatos de rabia, se hilaba uno de los conciertos más exitosos que hubiera visto el Maxim en los últimos meses.

Acercándose el clímax del concierto —y, para una banda que gira alrededor la sexualidad, nunca mejor dicho— apareció lo que sellaría la presentación de bombástica. De una maleta cerrada, brotó una bailarina. Llevaba lencería transparente, el rostro cubierto por una capucha y su torso, piernas y brazos estaban decorados con cuerdas.

Moviéndose al ritmo de la música, la muchacha anduvo de lado a otro del escenario, representando un juego de dominación tanto con el cantante de la banda como con dos seres enmascarados que ayudaron en la coreografía. Todo en nombre de la sátira y el show. Jamás había visto yo algo así, muchos menos con tal nivel de coordinación y de ejecución. Años atrás, un amigo me comentó que incluir presentaciones de este tipo en los conciertos de metal era un arma de doble filo: o el efecto era sensacional a toda máquina, o era insalvablemente ridículo. Sin escala de grises.

Si me tocara incluir algún acto similar en algún otro concierto, no dudaría en tomar una o dos clases con Addictive Obsession.

En resumen, lo que se anunciaba como un fallo absoluto no solo resultó ser un éxito rotundo, sino que además vino a aportarle la variedad tan anhelada por muchos en la malnutrida escena de metal que tenemos en La Habana. Como el fénix, este grupo se alzó de las cenizas de la mediática desazón que fue Inluminus y se sentó sobre pilares muy sólidos.

Aunque les queda mucho por aprender, como a todas las bandas en sus inicios, Addictive Obsession puede enorgullecerse de haber tenido un debut memorable. Aunque por momentos parezca que no, lo que demuestran estos músicos es que, en nuestro pedacito, aún quedan «cabrones con muchísimo talento».