A Athanai le sobra el rock

Texto y fotos por Fabio R. Castillo

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Athanai en el festival Plaza Electrónica.

Vibra el anuncio por los parlantes instalados en el Club 500, terreno abierto en la intersección entre Calle 12 y Malecón. Las pantallas que rezaban «Plaza Electrónica» cambian los letreros mientras se presentan el «Blanco Repa» y «Metralla Records». La banda comienza a tocar: batería, bajo y guitarra sobre una pista sampleada. Sale entonces, vestido con mitra y bata, Athanai al escenario.

Demasiadas visiones se superponen al abordar el fenómeno. La primera, el porqué de la presencia de Athanai —y de Zeus, aunque no llegó a presentarse— en un evento de música electrónica. Pero luego, a la vez que el cantante pide al público que alce la mano cornuta y que perree, uno entiende que dos otros parámetros llevan mucho más peso.

Según Athanai, «rock repa» es el estilo al que se adhiere el grupo. Sin embargo, su alegato parece sostenerse sobre el mismo principio de aquellas personas que me exhortaban a escuchar rock cubano, en mi juventud; rock cubano como el que hacía, supuestamente, Habana Abierta. Para el público no familiarizado, la confusión no es mortal, pero la aclaración se hace necesaria: ¡la presencia de una guitarra eléctrica en la orquestación no es sinónimo de rock and roll!

Athanai asegura que hace «rock repa», sin embargo, el sonido dista totalmente de los códigos del rock.

Tal vez de ahí venga la concepción un tanto errada de Athanai. En términos estrictamente musicales, lo que tocaba el Blanco Repa era reggaeton —reparto, específicamente. Y aunque la apropiación del género haya sido excelente, y que tocar música urbana con instrumentos en vez de con mezcladoras sea admirable, al «rock repa» de Athanai le sobra el rock en el nombre.

Pero, entonces, interviene de nuevo y se dirige hacia el público: «yo no sé ahora, pero en los noventa los frikis, los guapos, los bailadores y todo el mundo estaba junto en la misma fiesta y se pasaba riquísimo».

Juan Carlos Torrente podría responder, como lo hizo para Junior Hernández Castro en su entrevista publicada en El Caimán Barbudo, en septiembre de 2021, que ser metalero equivalía a ser insultado, perseguido y hasta agredido por «la gente de la salsa y de la rumba: los guaposos».

Un tema de símbolos

En muchos casos, el gusto musical viene aparejado con una cuestión de pertenencia a un grupo social. Los frikis escuchan rock, se visten de negro y se dejan el pelo largo. Los repas escuchan reggaeton, usan cadenas de oro y bailan al ritmo del «Palón divino» o del «Ratatata». Aunque lo parezca, no estoy llamando a la división ni a la impermeabilidad en las elecciones de consumo artístico. Más bien, subrayo que, a ojos de la sociedad, existen símbolos que vinculan al individuo a ciertos espacios y comportamientos.

En Cuba, los símbolos asociados al rock and roll siguen siendo altamente polémicos, a la vez que reprimidos desde la institucionalidad, por lo que representan. De ahí, por ejemplo, que el reglamento escolar prohíba el uso del pelo largo en varones —porque no es heteronormativo, que fue lo que llevó a que lo usaran los rockeros en primera instancia.

Queda redondeado el asunto cuando la subdirectora de trabajo educativo del instituto preuniversitario Tomás David Rollo, Gricel Rodiño, asegura que los muchachos con el pelo largo representan una molestia para la dirección del centro porque «desgraciadamente, hay muchos frikis en este municipio». A lo cual agrega que, para ella, «los varones no deberían tener el pelo largo porque esa es la diferencia entre hombre y mujer».

Luego está la cancelación del festival La Gruta del Dinosaurio, después de dos exitosas ediciones en la Casa de la Cultura de Jaimanitas, que demostró un hondo desconocimiento sobre el metal y sus formas por parte de las autoridades del sector de la cultura del municipio Playa.

Además de esto, las detenciones, el acoso y los prejuicios de que han sido víctimas los rockeros nacionales, desde que comenzó el movimiento en los años setenta, suman un resentimiento cultural entre los símbolos del rock y las instituciones.

Y del otro lado…

Mientras el rock y sus subgéneros son, a menudo, tildados de indecentes, obscenos, degenerados o antisociales; una actividad cultural en la secundaria Fructuoso Rodríguez en la que el reggaeton sea la banda sonora es tan común como ver el sol alzarse en el horizonte. Los mismo ocurre en el preuniversitario Raúl Cepero Bonilla, donde se le prohíbe a los estudiantes interpretar canciones en inglés bajo pretexto de que no se entiende lo que dice la letra.

Pero, mientras tanto, se pueden ver alumnos y docentes bailando al ritmo de canciones explícitamente sexuales o denigrantes para la mujer.

No es secreto que la música bailable goza de gran popularidad en la Isla, el reggaeton incluido. Tampoco resulta ilógico pensar que los estilos menos aclamados viven en una especie de asedio simbólico, que los ha llevado, con el paso de los años, a que la música bailable y el rock puedan percibirse mutuamente como enemigos, en especial en cuestiones de identificación de grupos sociales y de simbología representativa.

Cuando Athanai pidió alzar los cuernos, con el dembow* de fondo, trató de unir dos símbolos enemistados por factores sociohistóricos. Unas pocas manos se elevaron, así como unas pocas cinturas se movieron cuando pidió perreo.

La aparición en escena junto a un dúo de reparto consolidado fue uno de los factores que puso en duda el carácter paródico de la presentación.

Grand finale

La frustración del Blanco Repa se iba haciendo evidente ante la acogida apática del público. Una parte de la audiencia, que minutos antes bailaba con la música electrónica, se marchó del lugar durante el concierto de reparto —sin rock. La respuesta al «¿se sienten bien?» que hacía el cantante entre canciones fue «¡no!».

Todo el suceso fue de corte tan surrealista que muchos consideramos que el acto era paródico. Luego de quitarse la mitra, que lucía una mano cornuta como escudo, por cierto, Athanai se puso una gorra y procedió a dar un concierto que dejó más de un ofendido. La persistencia en los símbolos reparteros ayudó a consolidar la idea de el acto iba en serio.

Si fue broma o no, queda en espera de confirmación. La Metralla Records, el Blanco Repa y el «rock repa» vieron su presentación interrumpida por orden de la Policía Nacional Revolucionaria. Las preguntas acerca del show quedaron sin respuesta momentáneamente y el sabor del espectáculo se fijó como una burla a todo un grupo social y a los símbolos que lo representan.

Si el intento fue genuino, falló. El «rock repa» no suena a rock. Si el nuevo sonido de Athanai es este, sepa él que se está dirigiendo al público equivocado. Sepa que le será más fácil que el reparterismo acepte los símbolos del rock antes que ocurra lo opuesto.