De pesca en río remoto: la populosa soledad de Fishmans

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por Senén Alonso Alum

En esa misión perenne de celebrar mi Síndrome de Diógenes, acumulo productos culturales que seguramente nunca consumiré, a la par que amontono recomendaciones. A veces, durante chispazos de lucidez, me decido a detenerme en una de ellas y me celebro por ello.

Pasó algún tiempo antes de que Long Season, de la banda FISHMANS, liderara la lista de reproducción de mi teléfono. Otras piezas (auto-recomendadas) perpetuaban en la espera a esta sinfonía japonesa de factura subterránea. Parecía que el misticismo urbano de FISHMANS tendría que aguardar todavía más por la bondad de mis favores. Habiendo ya olvidado su presencia en mi celular, un lance de azar alfabético me condujo hasta ellos mientras buscaba repetirme en el hermetismo espacial de FOSTER THE PEOPLE. El primer goteo, apoyado en ese bajo que prorroga con su estreno la apertura instrumental de la obra, me mantuvo imantado a esos sonidos durante la siguiente media hora.

Long Season remeda un viaje bajo la dermis de una ciudad insomne, ahuecada. Tal vez, esta galería sonora fue pensada como metonimia de toda una carrera: la popularidad de FISHMANS, fundada en 1987, no sobrepasó la geografía que los engendró, e incluso al interior de Japón nunca fueron considerados “estrellas de rock”, en el sentido mercantil del término. Sin embargo, fueron venerados en el ámbito underground y a día de hoy militan como autores de culto en el criterio de los especialistas.

Este álbum-canción (su estructura consta de una pieza única de poco más de 35 minutos) fue la penúltima producción discográfica de la banda. FISHMANS clausuraría su recorrido por los estudios con el fonograma Uchu Nippon Setagaya. Un año más tarde tomaría escena su presentación pública final, grabada y comercializada como live album bajo el título 98.12.28 Otokotachi no Wakare, en referencia a la fecha exacta de esa performance postrera. La banda detuvo por completo su actividad musical después de la repentina muerte del vocalista y frontman Shinji Sato, ocurrida el 15 de marzo de 1999.

Retomando el hilo onírico de Long Season, obra que prefiero por lo atrevido de su disposición externa (un track solitario que aglutina en su singularidad la significación de un álbum “conceptual”) y lo sugerente de su ejecución, descubrimos una voluntad de desconcierto en su andadura. El bajo, que parece conducirnos por las ruinas humedecidas de un pasaje subterráneo, abarca buena parte del “prólogo”.

La sensación de un espacio poblado solamente por el eco de los instrumentos multiplica su vigor al entrar en escena la guitarra, promotora propicia para la ansiedad. El ritmo se torna más dinámico, efímero. Por fin escapamos del enramado de túneles en el que padecíamos y nos topamos con una ciudad abarrotada de luces, columpiada por la inercia indetenible del tráfico. Todo se esparce a nuestro alrededor. Nuestro cuerpo (el de Kasiwabara, que pulsa el bajo casi sin detenerse; el de Motegi, asechando en espera junto a su batería; el de Shinji Sato, hipnótico guía de su guitarra) permanece estático ante la ráfaga citadina que gira inconclusa. Casi de pronto, la voz frágil y punzante de Shinji disipa nuestra orfandad de compañía. Aun así, la letra (bastante breve) nos invita al abandono, a desaparecer de ese populoso anonimato que nos rodea.

La canción continúa y la metamorfosis de los sonidos no se hace esperar. Las palabras del vocalista se reducen a una repetición aparentemente insustancial de la sílaba “pa”, mientras la batería interviene con regularidad para acentuar el efecto en eco que, de regreso, domina los impulsos de la pista.

El tema prosigue y muchas otras son las situaciones que suceden, porque 35 minutos constituyen, sin duda, una odisea musical. Estas (mis) palabras, sin embargo, solo han querido ahondar en la solitaria representación del ser humano que FISHMANS atribuye (según me sugiere su sonoridad) al desarraigo emocional provocado por la postmodernidad. Así, en persecución de compañía favorable, resulta recomendable la pesca en remotos parajes, en detrimento de las bulliciosas luces de la civilización.

Surgida en abril de 2020, Opía es la revista de los rockeros y metaleros cubanos. Compartimos noticias, entrevistas, reportajes, curiosidades y mucho más sobre el rock y el metal en todos sus estilos.

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