From The Graves contra reloj

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por Camila Krauss

Estoy frente al escenario donde Juan Carlos, Martica, Boris, Marín y Carlitos, músicos de From the Graves, sudan copiosamente mientras doblan el tema que suena por el audio de sala. No hay aire acondicionado, y después de un par de minutos de azotar la cabeza y aporrear sus instrumentos bajo la reglamentaria ropa negra, botas militares, manillas de pinchos y matas de abundante pelo, el calor se siente con brutalidad.

La banda arranca la sesión en vivo con “The Path of the Cannibal (II)”, el primero de tres videos que se proponen grabar esta tarde, en una jornada corta, pero muy intensa, pues el tiempo apremia y el plan de producción está más que apretado. La ansiedad se evidencia en el semblante sombrío de Jeiser, que es quien graba y produce. Su cuerpo delgado y fibroso luce tenso como un arco a punto de soltar la flecha, y es que el teatro solo les dio dos horas para usar las instalaciones. Están contra el tiempo, ¡y son tres videos!

Miro a mi alrededor y no hay una merienda, ni una mesita del catering con bocaditos y líquidos para calmar la sed, ni nadie que los asista. No hay “producción”, como tal. Todo me parece improvisado, pero hay mucho esfuerzo y voluntad detrás. Siento compasión por los músicos, sobre todo por Martica, que viste pantalón de cuero, y el calor no da cuartel. Su pelo negro, que cae por debajo de su cintura, se le pega en la cara y se le enreda entre las cuerdas, pero ella lo libera de un buen tirón. Algunas hebras de su cabello quedan colgando del puente del bajo… Gajes del oficio.

Durante la grabación del segundo tema, a Marín se le corta una cuerda de la guitarra y de paso se lleva el pellejo del dedo. ¿Una curita? No hay. ¿Algo para desinfectar? Tampoco. Así mismo sigue tocando. Todo se hace a pura voluntad: a sangre, sudor, y sin lágrimas. Me pregunto si saldrá esa guitarra con cinco cuerdas en el video, pues hay tomas de acercamiento en los solos de guitarra. “Tranquila…”, me dice Jeiser, “en la edición, lo arreglo”.

Hay un receso de diez minutos, y aunque nadie ha comido ni tomado agua, no se descansa, porque el tiempo se usa para cambiar de vestuario. Toca cambio de camisetas, sacarse las manillas de pinchos, y ponerse chaquetas. Juan Carlos se reacomoda el cinto de balas. Aprovechando el “descanso”, Marín sale a toda carrera a la cafetería más cercana, buscando calmar la sed. No pasan cinco minutos y me piden que vaya a buscarlo. “¡Tiempo, no hay tiempo!”

Por momentos, Juan Carlos también dirige. Sin dejar de cantar, le indica a Jeiser que grabe a este u otro músico, según lo que viene en el tema: un solo de guitarra, un pase de batería, o un bloque donde el bajo queda solo. Todo se va haciendo al momento, sobre la marcha, y no hay lugar para ensayar ni ponerse muy creativos. Terminan con el segundo número y Jeiser se distiende un poco. Agarra su mate con bombilla, lo rellena con agua caliente del termo, y succiona largamente. Por primera vez lo veo sonreír.

Por fin viene el último tema, “Altar of Torment”, y los planos principales se graban sobre una escenografía que emula un cementerio. Hay unas cruces de madera y una estrella de cinco puntas. Las hojas que visten el piso las recogió la propia banda en los alrededores. Uno de los técnicos de la sala me cuenta que un alacrán se coló entre las hojas secas, lo mataron y terminó sobre una de las cruces, como parte del decorado. El resto de la escenografía lo componen 40 velas, distribuidas por todo el suelo. Las compraron entre todos. David —colega de Jeiser que lo asiste en la grabación— y yo —amiga y ayudante improvisada—, prendemos a toda prisa las mechas.

El cuadro se ve realmente hermoso y fantasmagórico. Juan Carlos se entusiasma y propone grabar solo con luz de velas, pero Jeiser le explica que así no sale nada en cámara, que hay que prender un par de focos del escenario. Para no tumbar las velas encendidas, cada músico debe permanecer clavado en su lugar y mover solo la cabeza. Cualquier paso en falso, un pequeño desequilibrio, y se jode la toma; sin contar el peligro de incendio en medio de toda esa hojarasca. Las velas son de mala calidad y se consumen muy rápido. Hay que apurarse, el reloj corre y, ya se sabe, no hay tiempo.

Termina la grabación; ¡parece un milagro! Se ha logrado a sangre y fuego, literalmente. Sin perder un segundo, Martica deja el bajo, se recoge el pelo y comienza a reunir las hojas con una pala. Marín hace lo propio con otro recogedor y David va a ayudarlos. Carlitos desarma la batería y los demás guardan los instrumentos. Rápido, muy rápido. Tienen que dejar el sitio tal cual estaba. No hay ayudantes ni encargados de limpieza. Aquí TODO lo hacen todos.

Le leo al equipo parte de lo que he registrado en esta crónica, y Juan Carlos me dice: “eso nadie te lo va a creer”.

Camila Krauss (1970). Técnico de sonido y Licenciada en Historia. Comunicadora por vocación, rockera incurable y viajera insaciable.

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