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    Editorial: Thrash metal, no apto para moléculas

    Este domingo, mientras leíamos una entrevista a Guille Vilar en Cubadebate a propósito de los 70 años de la televisión cubana, una frase nos descolocó por completo y se convirtió en la razón de ser de estas líneas. Paquita Armas Fonseca, la periodista encargada del diálogo, le preguntó al crítico e historiador del arte cuál era la buena música y cuál la mala, a lo que el experto contestó, aclarando que no quería caer en la relatividad de los gustos:

    “(…) Hay un científico japonés que ha fotografiado la reacción de las moléculas del agua en un microscopio ante determinado tipo de música. Cuando en el local que estaba el recipiente con el líquido se escuchaba una grabación con música de Chopin o de Mozart, el diseño de los cristales de las moléculas adquiría la belleza de esa imagen propia de un calidoscopio. En cambio, SI SE ESCUCHABA LA PIEZA DE ALGÚN GRUPO DE TRASH METAL, LA IMAGEN DE ESAS MOLÉCULAS NO SOLO ERA IRREGULAR, SINO BASTANTE GROTESCA. SAQUE USTED SUS PROPIAS CONCLUSIONES”.

    Obviando el hecho de que el estilo se denomina “thrash metal” y no “trash metal” (pues no se traduce como “metal de basura”, sino, más bien, como “metal azotador”), podemos arribar a varias conclusiones:

    El thrash metal es un subgénero del heavy metal que requiere de una técnica y virtuosismo que no poseen muchos estilos dentro del rock. Basta prestarle atención a la potencia y velocidad de los riffs, las complejidades de los solos de guitarra, o el uso del doble bombo para darse cuenta de lo que se necesita una rapidez y precisión que no puede alcanzar cualquiera.

    A Ringo Starr, por ejemplo, habría que hacerle reanimación cardiopulmonar si tiene que tocar con el ímpetu con que suena la batería en “Fight Fire with fire”, de Metallica, o “Angel of Death”, de Slayer Aunque ese no es el punto, sino que son, simplemente estilos diferentes: el rock de Los Beatles y el thrash metal de Anthrax, Megadeth, Sodom o Kreator poseen valor, contribuyeron al desarrollo de la música y responden a etapas históricas diferentes. Ambas manifestaciones merecen respeto.

    El thrash metal surgió y creció en Estados Unidos y Europa en un contexto donde la juventud se sentía asfixiada por la política de Guerra Fría, la carrera armamentística y la corrupción de la sociedad; de ahí que sus letras aborden temáticas sociales como la política, la guerra, la corrupción, la manipulación mediática y la destrucción. Canciones de Metallica como “Disposable Heroes” denuncian de forma directa la guerra, mientras que “Ride the Ligthning” es una condena a la pena de muerte en la silla eléctrica y “One” está inspirada en una novela antibelicista de Dalton Trumbo, Johnny cogió su fusil. En otras palabras, hablamos de una manifestación que tiene un valor tanto sonoro como simbólico-discursivo, y vino a rescatar el espíritu de rebeldía que una vez tuvo el rock.

    Así como buena parte de la música contestataria de los años 60 tomó como referencia el tema de la Guerra en Vietnam a través de una postura pacifista, los jóvenes de los ochenta crecieron en una cultura del odio y plasmaron su creatividad en canciones potentes que representaran una denuncia y una protesta hacia la realidad en que vivían. Ello exigía una estética diferente al hard rock y al heavy clásico, y una crudeza jamás escuchada hasta entonces. Hoy por hoy, aunque no esté en su etapa dorada, el thrash metal aún existe, porque es un clásico dentro del metal, como mismo Pink Floyd es un clásico del rock progresivo, Led Zeppelin, del hard rock, y los Van Van, de la música cubana. El thrash no ha muerto y no morirá mientras tenga algo que decir. En Cuba existe, se escucha, se interpreta, y denigrar al género es también denigrar a quienes lo crean y lo disfrutan.

    dazehorn
    Dazedhörn, de Holguín, es uno de los jóvenes grupos del thrash metal en Cuba. Foto: Facebook del grupo.

    Si nos fuésemos a guiar por las imágenes de las moléculas a partir del sonido, nos gustaría ver sus formas con una pieza de música académica contemporánea del aclamado Karlheinz Stockhousen o una melodía del virtuoso Niccolò Paganini. Así, comprobaríamos si es un problema de que de las moléculas no son metaleras, o de que solo se “engalanan” con música ligera y accesible.

    Creemos que la buena música y el buen gusto son subjetivos: lo bueno y lo malo, lo hermoso y lo grotesco, no son más que construcciones sociales. Donde unos distinguen algo inaudible y extremadamente feo, otros encuentran un espectáculo sublime. No existe problema alguno en que a alguien no le guste el thrash metal, porque no es música para todos los oídos. Tampoco lo son Los Beatles, Mozart o Wagner. Pero afirmar que, porque un científico “x” hizo un experimento “y” en un momento “z” y las moléculas no se pusieron como caleidoscopios, la música es mala, tampoco nos parece una “respuesta de la naturaleza”. Tampoco conocemos qué tan certero y abarcador es ese estudio, pero nos quedamos, en última instancia, con la idea de que el thrash metal es música hecha para humanos y no para moléculas.

    La Habana (1997). Jefe de Redacción de Opía Magazine. Licenciado en Periodismo por la Universidad de La Habana, fotógrafo ocasional y rockero sin fronteras. Intento escribir un libro sobre memorias del rock en Cuba.

    Junior Hernández Castro
    Junior Hernández Castro
    La Habana (1997). Jefe de Redacción de Opía Magazine. Licenciado en Periodismo por la Universidad de La Habana, fotógrafo ocasional y rockero sin fronteras. Intento escribir un libro sobre memorias del rock en Cuba.

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