El rockanrolesco y rocambolesco viaje para escuchar a Los Rolling Stones

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por Guillermo Carmona

¿Qué sabes tú de la desesperación? Dime, Jagger. Mientras tú despertabas en tu hotel (en otros tiempos te quitarías la sequedad de la boca con un trago de whisky, pero ya estabas viejo, así que seguro fue con algún batido macrobiótico, o con una champola, o con un jugo de frutabomba: cualquier producto que te ayudara a conservarte en el tiempo), yo caía en la desesperanza más absoluta.

A esas horas de la mañana, el viaje que planificaba hacía más de dos semanas para asistir a tu concierto, el primero de los Rolling Stones en Cuba, se había ido al garete. El Ira y el Leo me habían llamado para decirme que se complicaron. Y te oía, cabrón, te oía dentro de mi cabeza como cantabas “You can’t always get what you want”, y yo encendía un cigarro y otro cigarro y me salía humo de las orejas, no sé si de tanto fumar o de quemarme el cerebro para buscar con quién y cómo irme para La Habana.

Y mientras tú, parado en el balcón de tu habitación entre bofetones de salitre, contemplabas la bahía habanera, yo agarraba el teléfono y llamaba a todos los contactos que sabía que iban al concierto. Te explico que aquí donde yo vivo, Matanzas, a 120 km de la capital, salieron guaguas abarrotadas para ver si todavía podías cantar sin un suero fisiológico enganchado en vena. Leí en algún artículo o entrevista que parte del excito de los Rolling en los últimos años es que nadie sabe cuándo se van a morir, cuál será su último concierto, y esa levedad de la vida tan descarnada, llenó Transmetros, Aspirinas, Yutongs, almendrones, Moskvitch, Ladas, Geelys…

Otra cosa, Mick, aquí no hay planes de telefonía móvil. Aquí nos desangramos por los oídos si queremos decir “hola” y “adiós”, o saber por la salud del gato o por las pastillas de la abuela, si llamamos a las 3 de la mañana, tan borracho como una cuba como solo se puede estar en Cuba, para decirle a alguien que la extrañamos. Y yo tuve una hemorragia masiva para buscar un transporte donde colarme.

Me quedaba el llanero solitario de saldo: 1.00 CUC, y llamé al Boris, y el Boris me dijo que en su guagua no cabía una mosca. 0.86 CUC y hablé con Cecilia, y Cecilia me aseguró que me averiguaría, pero que ella también había resuelto en último momento. 0.53 CUC, y tú y tú me cantabas “Let it bleed”, mientras yo me desangraba, y yo: “cállate Mick, déjame pensar”. Y le marqué a tres o cuatro gente más, 0.27 CUC, 0.15 CUC, 0.08 CUC, y todos, todos, me comentaban lo mismo: que los aeroautobuses para llegar al San Pedros Gates no se conseguían de un momento para otro.

Y entonces, en lo que tú elegías cuál era la mejor ropa para parecer un viejo cool, yo me derrumbé, me derrumbé por completo. Fumaba y fumaba y fumaba. Ese día casi se me parte un pulmón. El teléfono en la mesa y yo con los ojos pegados a él, como si la intensidad de la mirada fuera un catalizador de milagros y, Mick, no sonaba, carajo, no sonaba, por lo menos hasta que sonó.

“Oye, me descompliqué”, me dice el Leo del otro lado de la línea. “Hablé con el Ira, en media hora nos vemos”. Por mis adentros, canté “but if you try sometime you find, you get what you need” y te dedicaba la más grosera de mis trompetillas mentales.

***

Mick, el tipo ese me miraba. Me miraba porque dos minutos antes lo había mirado yo. Parecía una señora mayor con muchas cirugías plásticas, como le sucede a casi todos los frikis viejos. Tal vez los frikis viejos deberían ser como los pelirrojos que a cierta edad desaparecen, así mantienen el glamour del joven rebelde. Coño, se me olvida con quién hablo, si tú eres una de las señoronas más señoronas de la historia del rock, con esa boca que si fuera la chismosa de mi Comité te podría compararla con la de una caguama, pero no, tú eres el fucking Jagger.

Sucedía en un “P” abarrotado que nos había tragado nada más bajamos del camión de 50 pesos del que escapamos de Matanzas, porque la vida a veces se parece mucho al sistema digestivo de las vacas con sus cuatro estómagos, y uno solo pasa resbaloso e impávido de uno a otro. Y ese día en La Habana todo el mundo se dirigía al mismo lugar, como si en la mañana les hubiera nacido un vector en el pecho que apuntaba en la misma dirección: la Ciudad Deportiva.

Todo ocurría en el tiempo en que esperabas en el lobby a que vinieran a recogerte un Chevrolet para llevarte al concierto. Un Chevrolet del ’56 que seguro te recordaba tu adolescencia, cuando escuchabas el blues de Muddy Waters, de Howling Wolf: una máquina del tiempo dentro de una máquina del tiempo mucho más grande con forma de país.

Pero bueno… el tipo me miraba, el tipo me miraba y el único momento en que paraba de mirar, era al empinarse de la caneca de ron. Cerraba los ojos para sentir como el líquido le bajaba por la garganta y luego volvía a mirarme hasta el próximo buche.

No te miento, mientras él me miraba, yo lo miraba a él, lo estereotipaba, lo arquetipizaba, lo volvía el friki viejo platónico de todos esos frikis viejos que había conocido o de los que me habían hablado: el padre de mi amiga que escondido en los ochenta escuchaba Van Halen en casetes, mientras su generación se empalagaba con los Pimpinela, el escritor que se desquita con su pasado al poner a un piquete de borrachos a escuchar Creedence Clearwater Revival.

En lo que tú conquistabas el mundo con tus pasos extravagantes de baile, aquí la gente se ocultaba en sótanos, en casas apartadas, para escuchar tu música. Algunos decían que era extrajerizante, hablaban de diversionismo ideológico y negaban el carácter universal de la música cuando es corajuda, cuando te estremece el espíritu y el cuerpo. Mick, y él tipo seguía arriba de mí, porque yo seguía arriba de él: mirada, mirada, buche, mirada, mirada, buche.

Creo que hice tanta empatía con él, porque yo también fui friki, pero a mí me tocó un tiempo suave. Lo máximo que soporté fue que una niña en bicicleta, con cesta de picnic en el timón y pompones en los manubrios, me preguntara si yo me bañaba. Pero fui feliz, feliz porque combatí el karaoke de mis vecinos con temazos de Metallica y fui feliz porque conocí gente como yo, gente con la que podía discutir durante toda una noche quién era mejor entre ustedes y Los Beatles. ¿Te digo un secreto?… Yo siempre me decanté por ustedes.

Debe ser de madre ocultarse para escuchar la música que te gusta. Escuchar la música que te salga del corazón y de los cojones debe ser un derecho universal. ¿No crees? “It s only rock and roll, but i like it”. Tienes toda la puta razón, Mick.

El tipo, cansado de mirarme, estira la mano y me ofrece su caneca como un acto de fe, como la comprobación de que conectamos. Yo con un gesto de cabeza le rechazo la oferta. Nunca le quitaría una gota de ron a un sediento.

***

¿En el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte todavía hacen picnic, Mick? Porque cuando llegamos a la Ciudad Deportiva eso parecía un picnic gigante, un picnic a lo Woodstock ’69. La gente sentada en la yerba conversaba, fumaba, algunos se empinaba de pomos plásticos Ciego Montero con un contenido demasiado denso y dorado para ser agua.

Cerca de donde nos ubicamos  había unas farolas viejas y unos niños las habían trepado y se acomodaron en la cima. Yo enseguida pensé en Korda y su Quijote en la Farola, pero tú no tienes que saber quién es Korda. La colonización cultural no te lo permite, así que seré breve en la explicación para no cansarte: fue el que tiró la foto del Che.

Seguro a ti no te sorprendía la cantidad de personas que estaban ahí esa tardenoche; sin embargo, para nosotros, que venimos de un país de 11 millones de habitantes, parecía que toda la humanidad se concentrara, se compactara en un solo punto, y ese punto, por la densidad de su masa, explotara y creara una nueva humanidad, un big bang rockanrolero. Sin embargo, Mick, no te pongas triste si te digo que la mayoría de la gente nunca oyeron “(I cant get no)” satisfaction y pensaron en una paja inconclusa.

Gran parte de los asistentes solo no querían perderse tal vez uno de los mayores acontecimientos culturales de la década en la Isla. Por ello, en esa masa humana con propiedades volátiles había fans a Chocolate MC, reparteros que se reparten bien repartidos, niños Vans que le venden el alma a las estroboscópicas luces de las discotecas, trovadictos, bufanderos, raperos, rastafaris, y otros, de esos, que te dicen que ellos “escuchan de to”.

Y tú cantabas “Angie”, Mick. Seguro que no me viste porque yo era solo un punto en tu ángulo de visión; supongo que en megaconciertos miles de almas se difuminen delante de ti, se vuelvan un mar de carne, cuyo movimiento recuerda a borrascas y a resacas.

Tú cantabas “Angie” y yo pensaba que descubrí el amor con esa canción, que se la cantaba al oído a mi primera novia, y nos separamos, y nunca más la he cantado para nadie. Hay temas que cuando se regalan, es de mala educación pedirlos de vuelta.

Y dijiste en un español estrujado “yo sé que en un tiempo no nos podían escuchar, pero aquí estamos” y hubo una bulla, una bulla como una explosión atómica. Los tembas, los abuelos, esos que se comieron los discos de acetato como si fueran de chocolate, fueron el núcleo, porque se les fue el alma por la boca: debe ser un placer divino poder exorcizar miedos y demonios, y los siguieron como una onda de choque todos los demás, aunque no supieran de donde y por qué comenzó.

Mick, yo estaba allí cataléptico, convulsionante, alucinado, orgasmizado, lobotomizado, casi un hilo de saliva me bajaba por la comisura de los labios. Necesitaba un babero, quizás un pañal, porque yo, sencillamente, no habitaba mi cuerpo, como la situación inmobiliaria del país estaba tan mala me había mudado al aire.

Mick, yo estaba allí, aunque no lo supieras, y el concierto acabó y debí dormir en el Malecón para esperar a las seis de la mañana, para coger las primeras guaguas rumbo a Matanzas, y llegué a la casa muerto y medio, pero no importa, Mick, porque yo estaba allí, aunque tú no lo supieras.

Matanzas (1994): Periodista y escritor, cubano y matancero, bibliómano y grafómano, melómano y canto rodante.

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