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    ¿Qué pasó con Los Beatles en Cuba? (II) Rock, censura y visiones contrapuestas

    por Junior Hernández Castro

    Aunque no está del todo claro el momento que desencadenó “la ruptura” entre la música rock y la Revolución Cubana, una de las primeras referencias al tema proviene de un discurso del entonces Primer Ministro, Fidel Castro Ruz. En la clausura del acto por el VI aniversario del asalto al Palacio Presidencial, el 13 de marzo de 1963, bastaron dos palabras del Comandante —“feminoides” y “elvispreslianos”—, para que el rock quedara ligado a la marginalidad, la extravagancia y la homosexualidad:

    Muchos de esos pepillos vagos, hijos de burgueses, andan por ahí con unos pantaloncitos demasiado estrechos; algunos de ellos con una guitarrita en actitudes «elvispreslianas», y que han llevado su libertinaje a extremos de querer ir a algunos sitios de concurrencia pública a organizar sus shows feminoides por la libre. Que no confundan la serenidad de la Revolución y la ecuanimidad de la Revolución con debilidades de la Revolución. Porque nuestra sociedad no puede darles cabida a esas degeneraciones (…) No voy a decir que vayamos a aplicar medidas drásticas contra esos árboles torcidos, pero jovencitos aspirantes, ¡no! (…) todos son parientes: el lumpencito, el vago, el elvispresliano, el “pitusa”[1].

    Como antes había sucedido con Palabras a los intelectuales (1961), las reacciones al discurso no se hicieron esperar por los sectores extremistas de la dirigencia política y cultural. Según expone el investigador Ernesto Juan Castellanos[2], a los seguidores del rock, “que no necesariamente tenían que ser elvispreslianos, pepillitos, ni tampoco entonces se les conocía como rockeros, se les midió con el mismo cartabón que a los homosexuales y a los lumpens en todos sus estratos”.

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    Desde entonces, melenas, sandalias masculinas, pantalones cortos y ajustados, minifaldas y otras prendas llamativas, se convirtieron en indicadores de un sujeto débil y políticamente marginal, a decir de intelectuales como Mario Coyula[3] y Ambrosio Fornet[4]:

    Los jóvenes que osaron llevar barbas, pelos largos, camisolas y collares de semillas fueron criticados como “extravagantes”, sin comprender que esa onda hippie (palabra que todavía utilizan algunos encapsulados en el tiempo) estaba asociada a la droga suave, pero también a un humanismo pacifista que los hacía compañeros de viaje de nuestro proyecto social. De hecho, esa moda había sido impuesta en el mundo por los rebeldes cubanos de la Sierra, y no reconocerlo fue un fallo de marketing que el empresario capitalista más obtuso no hubiera desperdiciado[5].

    De forma paralela a los prejuicios sobre la moda, el machismo y la homofobia, germinó una aversión de las autoridades hacia la música cantada en inglés —el idioma del enemigo—, de la cual el rock era su manifestación más conocida. La leyenda negra que se cierne sobre la prohibición rockera y la censura de The Beatles en los albores de la Revolución es aún motivo de debate entre intelectuales, investigadores, intérpretes y seguidores de la música anglosajona[6], con extremos que refieren desde una desacertada política de difusión cultural hasta un silencio obligatorio y represor, especialmente para los seguidores del cuarteto británico.

    «Los cuatro magníficos pasaron por diversas etapas en Cuba, de desconocidos, mal mirados, prohibidos, no mencionados, solapados, a reconocidos, bien ponderados y revolucionarios sociales», refiere el escritor y periodista Joao Fariñas[7]. Para el ensayista Guillermo Rodríguez Rivera, quien concuerda con la idea anterior, esta animosidad hacia el rock se debía, sobre todo, a un prejuicio idiomático:

    (…) nuestros políticos identificaban la ideología con idioma: no solo las canciones norteamericanas estaban prohibidas en la radio y la televisión, sino que The Beatles, siendo ingleses, tampoco se escuchaban. (…) esa canción protesta norteamericana estaba más cerca de nosotros que mucha canción cantada en español o incluso escrita en Cuba[8].

    La ignorancia de quienes debían orientar la política cultural se materializó entonces en una escasísima promoción de la música anglocantanda y la propuesta de un sustituto natural: “enviado al ostracismo todo lo que oliera a inglés —como aberrado sinónimo de imperialismo yanqui—, (…) los jerarcas del gobierno y la cultura cubana no hallaron mejor remedio para repudiar aquel idioma que importar lo diferente desde España”, explica el investigador Humberto Manduley[9]. Lo más irónico, sin embargo, radicaba en que muchas de las piezas interpretadas por los españoles eran versiones en castellano de los éxitos europeos y norteamericanos. Como refirió Abel Prieto:

    Fue un error grave porque lo que terminaba escuchándose en los medios de comunicación era aquella especie de rock lavado, franquista y comercial, proveniente de España. En cierta forma, llevados por la delirante idea de que, al ser el inglés el idioma del enemigo, la música que venía en español era más aceptable en nuestro contexto. Una locura[10].

    Para rematar, los seguidores de la música rock fueron colocados bajo la etiqueta del diversionismo ideológico, un término que, enmarcado en la esfera del pensamiento y sin hallar concretas verificaciones, “solo podía derivar a la esfera de la sospecha, en la cual el prejuicio tiene su dominio[11]”. En otras palabras, y como explica el profesor Nelson Valdés, las deficiencias políticas e ideológicas fueron exacerbadas por una mentalidad de fortaleza sitiada. Para ese autor, más que arbitraria, la censura contra el rock se derivó de un sentimiento antimperialista y antiestadounidense que, si bien se manifestó de forma extrema, no era del todo descabellado:

    Mientras Estados Unidos experimentó una invasión británica con la música de The Beatles, Cuba había experimentado una invasión militar real. Mientras las adolescentes estadounidenses experimentaron orgasmos metafóricos observando a Ringo (Starr), los adolescentes cubanos estaban participando en la campaña de alfabetización o preparándose para una posible invasión como consecuencia de la Crisis de Octubre. En (…) 1963, mientras Swan Records lanzaba “She Loves You”, se preparaba la Operación Mangosta y (…) organizaban el asesinato de Fidel Castro y una ola de sabotajes[12].

    Criterios como el anterior son compartidos por Guille Vilar[13] y Abel Prieto[14], quienes refieren la nula circulación de los discos de The Beatles y la imposibilidad de difundir su música a inicios de la Revolución, como producto de la ruptura de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos. Por lo tanto, explica Vilar, “la música de sus inicios era desconocida para la gran mayoría del pueblo, que no tenía la posibilidad real de cómo enterarse”.

    Más adelante, con el incremento de las tensiones entre ambos países, cada cual asumió cómo defenderse, “no solo en el terreno de las armas, sino además desde las posiciones teóricas y las circunstancias más diversas, con todos los aciertos y errores que pueda traer consigo cada caso[15]”.

    Pese a la nula difusión en Cuba, según Manduley[16], para mediados de la década, The Beatles era una banda de culto entre los aficionados cubanos del rock and roll; sus canciones eran el secreto a voces de la época, y aunque poco figuraron en la radio nacional, eran conocidos a través de una difusión underground: “discos de rock camuflados en carátulas de orquestas cubanas, y estaciones radiales norteamericanas escuchadas a escondidas, fueron los vínculos principales de sus seguidores”.

    Aun cuando la proyección del cuarteto británico fue madurando con el transcurso de la década, e incluso pasaron de ser solo un grupo de jóvenes músicos a oponerse al intervencionismo estadounidense en Vietnam (1966), la asimilación de su música, junto a muchos otros cultores de su época, seguía distando del visto bueno. Para ilustrarlo, tanto el propio Valdés como Manduley y Rodríguez Rivera refieren una anécdota sobre Silvio Rodríguez y su faceta de conductor en el programa televisivo Mientras tanto, a fines de la década de los sesenta.

    Silvio hizo unos comentarios elogiando a los prohibidos Beatles e invitó al espacio a Pablo Milanés, quien no pudo asistir porque acababa de salir de las UMAP. Silvio se dejó el pelo un poco más largo de lo que toleraba el ICR de entonces. Muy poco después, en marzo de 1968, «Mientras tanto» había desaparecido[17].

    Un hecho igual de polémico es referido por Manduley López cuando cita un texto del periódico Juventud Rebelde sobre la “recogida de Coppelia”, una redada policial a los hippies habaneros en 1968:

    Alentados por los héroes de papel del imperialismo e inspirados por el funcionamiento de sus pandillas juveniles, pretendieron dar una estructura a su desorganización. De inmediato comenzaron a surgir grupos o bandas a los que identificaban con diferentes nombres, entre ellos: The Zids, Los Chicos Now, Los Chicos Melenudos, los Betts (…) Estas bandas merodeaban por distintos barrios de la capital[18].

    De acuerdo con el investigador cubano, sucedía que los hippies eran considerados desafectos al sistema, y aunque en todos los estratos sociales existieron individuos con poca o nula integración al proceso revolucionario, los rockeros “cargaron con el sambenito de todas las culpas, reales o fabricadas”.

    “Lo que querían —consideró el trovador Vicente Feliú— era sacar de circulación de la ciudad (…) a aquella turba de gente que le jodía la vista a La Habana, porque unos eran maricones, [y] los otros tenían el pelo largo”[19].

    Curioso resulta, sin embargo, que mientras en Cuba los seguidores del rock and roll —calificados muchas veces como hippies— fueron acusados de diversionistas, contrarrevolucionarios y pro-imperialistas, en naciones como Argentina eran mal vistos y hasta perseguidos por una supuesta inclinación hacia el comunismo. Bajo esta premisa, concluye Manduley:

    Por encima de diferencias ideológicas, sus detractores en Cuba y en otros países creyeron ver en ellos, sin razón alguna, al «enemigo necesario». Y sobre esa base actuaron. Respecto a Cuba, esto se aplicó casi sin distinciones a rockanroleros, hippies, pepillos y frikis. Con el paso del tiempo hay quienes han querido minimizar los estragos, justificando tales posturas como excesos pasajeros de funcionarios menores. Quedaría por dilucidar los verdaderos niveles de responsabilidad en cada instancia, pero el daño es tan innegable como inexistente su reparación[20].

    (Fragmento tomado de la tesis de Licenciatura en Periodismo Los rockeros van al infierno, de Junior Hernández Castro, con tutoría de la Dra.C. Iraida Calzadilla Rodríguez y consultoría del investigador Humberto Manduley López).

    Lea también: 

    ¿Qué pasó con Los Beatles en Cuba? (I) Entrevista de Ernesto Juan Castellanos a Papito Serguera, ex director del ICR

    Notas:

    [1] Discurso pronunciado por el comandante Fidel Castro Ruz, Primer Ministro del Gobierno Revolucionario, en la clausura del acto por el VI aniversario del asalto al Palacio Presidencial, celebrado en la escalinata de la Universidad de La Habana, el 13 de marzo de 1963.

    [2] Ernesto Juan Castellanos. El diversionismo ideológico del rock, la moda y los enfermitos. La política cultural del período revolucionario: Memoria y reflexión. Ciclo de conferencias convocado por el Centro Teórico-Cultural Criterios, Instituto Superior de Arte, La Habana, Cuba, 2007.

    [3] Mario Coyula. El Trinquenio Amargo y la ciudad distópica: autopsia de una utopía. La política cultural del período revolucionario: Memoria y reflexión. Ciclo de conferencias convocado por el Centro Teórico-Cultural Criterios, Instituto Superior de Arte, La Habana, Cuba, 2007.

    [4] Ambrosio Fornet. El Quinquenio Gris: revisitando el término. La política cultural del período revolucionario: Memoria y reflexión. Ciclo de conferencias del Centro Teórico-Cultural Criterios, Instituto Superior de Arte, La Habana, Cuba, 2007.

    [5] Mario Coyula, Op. Cit. pág. 4.

    [6] Véanse los textos «¿De qué están hablando?», de Guille Vilar (2016), «Cuba, los Beatles y el contexto histórico», de Nelson P. Valdés (2016); e «Historietas acerca de los Beatles en Cuba», de Abel Prieto (2019); todos publicados en Cubadebate.

    [7] Joao Fariñas. El largo y tortuoso camino de Los Beatles. La Habana, Editorial Arte y Literatura, 2015, pág. 10.

    [8] Guillermo Rodríguez Rivera. Decirlo todo: políticas culturales en la Revolución Cubana. La Habana, Ediciones Ojalá, pág. 224.

    [9] Humberto Manduley. Los Ángeles – «Los Ángeles» (1967) (actualización de Facebook), 15 de enero de 2020.

    [10] Abel Prieto, en M. Aizpurúa. “La intelectualidad europea no entiende a América Latina”. Librínsula (163), febrero de 2007.

    [11] Guillermo Rodríguez Rivera. Op. Cit., pág. 193.

    [12] Nelsón P. Valdés. Cuba, los Beatles y el contexto histórico. Cubadebate, 6 de mayo de 2016.

    [13] Guille Vilar. ¿De qué están hablando? Cubadebate, 6 de mayo de 2016.

    [14] Abel Prieto. Historietas acerca de Los Beatles en Cuba. Cubadebate, 11 de diciembre de 2019.

    [15] Guille Vilar. Op. Cit.

    [16] Humberto Manduley. Hierba mala: una historia del rock en Cuba. Holguín, Ediciones la Luz, 2015, pág. 51.

    [17] Guillermo Rodríguez Rivera, Op. Cit. pág. 223.

    [18] Humberto Manduley. Hierba mala: una historia del rock en Cuba. Holguín, Ediciones la Luz, 2015, pág. 58.

    [19] Tomado de Carlos Eduardo León. “Las cuatro virtudes capitales de Vicente Feliú”. En Mamá yo quiero saber. La Habana, Letras Cubanas, 1999.

    [20] Humberto Manduley. Op. Cit., pág. 61.

    La Habana (1997). Jefe de Redacción de Opía Magazine. Licenciado en Periodismo por la Universidad de La Habana, fotógrafo ocasional y rockero sin fronteras. Intento escribir un libro sobre memorias del rock en Cuba.

    Junior Hernández Castro
    Junior Hernández Castro
    La Habana (1997). Jefe de Redacción de Opía Magazine. Licenciado en Periodismo por la Universidad de La Habana, fotógrafo ocasional y rockero sin fronteras. Intento escribir un libro sobre memorias del rock en Cuba.

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