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    El punk y yo: una historia de María Gattorno

    por María Gattorno

    Para el grupo punk Eskoria, de Santa Clara (1991-2009)

    Colores brillantes en el pelo peinado con crestas, engominado a lo cheyene, pinchos, tachuelas. Cuando los conocí, me produjeron una inmensa alegría; eran un espectáculo a los ojos y al alma. Tenían ese desenfado de los que van por la vida seguros de sí mismos y que comprenden que los demás deben ser tratados con calma, porque están sometidos a la dura experiencia de observarlos. Estaban dotados de algo que admiré desde el primer momento: una valentía visceral.

    Hay que ser muy osado para salir a la calle en la década de los noventa vestidos con aquellos atributos coloridos y retadores. Los rockeros ya eran muy mal vistos por llevar vestimentas y cabelleras que los ponían en la otra acera, pero de alguna forma estaban “clasificados” y su imagen, bien identificada. La irrupción de aquellos pelados y peinados, de esos grupos musicales que experimentaban y se atrevían a tocar canciones con temas desafiantes no siempre bien interpretadas, entusiasmaron a muchos y les viraron la boca a otros.

    Debemos recordar que el movimiento musical de los punks no se caracterizaba precisamente por la interpretación virtuosa de los instrumentos como en otras tendencias el rock. No obstante, se impusieron creando una isla bien defendida desde grupos como Rotura (aproximadamente en 1991), dirigido por el inolvidable Gilito —Gil Plá—, encantador y diplomático; o Futuro Muerto (alrededor de 1992), encabezado por el tremendo Abelito el Punk —Abel García—, que hiciera época por su carácter difícil.

    Gilito fue el primero que me hizo saber de este género y el primero que se presentó en El Patio con su grupo. Hubo otros después, pero de él conocí su mundo, sus amores, su madre, su casa y estuvo involucrado en más de un proyecto loco de El Patio: pinturas en las paredes, fotografías para un libro, fiestas en casas de amigos, grabaciones, préstamos de libros…

    Me alegra mucho poder escribir sobre ellos desde mis percepciones y recuerdos, que son absolutamente parciales, personales y amorosos. ¿Cómo no amar aquellos jóvenes enfrentados a una sociedad que los miraba desde la más profunda incapacidad de entenderlos? Aún tengo ante mis ojos un pomo lleno de una pasta desconocida que pretendía endurecer el pelo, a Gilito sentado en mi oficina —¿podía llamársele oficina a aquel espacio en El Patio— y mis manos tratando de levantar aquel penacho que se me resistía a ponerlo como él deseaba, media hora antes de salir a cantar con su grupo.

    También conservo una propuesta de carátula para un casete que sería grabado en El Patio. Esto está más allá de todo sueño delirante: proponerse la grabación ¡en vivo! de un concierto sin apenas recursos técnicos. Que pudiera pasar era absolutamente imposible, y ellos lo soñaban y hacían planes, y confeccionaban sus pequeños bocetos y maquetas de grabación. Y yo los ayudaba, y hasta me lo creía, cayendo en aquella espiral de alucinaciones maravillosas que nos ayudaban a vivir y seguir trabajando en un proyecto eterno de imposibilidades. Estas alucinaciones colectivas no eran solo de los punks, todos los músicos rockeros tenían el mismo síndrome; lo único que los diferenciaba era que Gilito materializaba parte de sus sueños en el papel.

    Luego venían los conciertos: espectáculos increíbles que se daban con un sonido salido de varios equipos prestados y no siempre de calidad óptima. Pero lo mejor de todo es que tenían un éxito atronador. Público fiel de la música punk, admiradores de aquellas bandas que lograban por primera vez interpretar canciones de su autoría, realizando algo inédito en nuestro país: música punk hecha en Cuba. Y esos jóvenes creadores nunca llegaron a ser noticia en ninguna parte.

    Podían gustar o no, pero nadie podrá cuestionar que abrieron una puerta cerrada a ese género en nuestro país. Ahora no sé por dónde andará. Pero desde aquí me enorgullece poder hacer un recordatorio de su pasión por la música, del valor que tuvieron al salir a las calles llevando sus cabellos rígidos y coloridos y defender una estética que, como cualquier otra cosa, tiene el derecho de ser mostrada y compartida.

    Surgida en abril de 2020, Opía es la revista de los rockeros y metaleros cubanos. Noticias, entrevistas, reportajes, curiosidades y mucho más sobre el rock y el metal en todos sus estilos.

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