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    El zeppelín de plomo y los fluidos rosas

    por Guillermo Carmona

    El frío cristalizaba los huesos. Un soplador de vidrio hubiera hecho una hermosa copa de bacará con mi fémur. Eran las doce de la noche, pero en los alrededores del Malecón no quedaba nadie. Temerían desvidriarse. De pronto, dar un paso fuera de casa y sentir que su esqueleto se había desmoronado y su cuerpo no era más que gelatina de frambuesa. No les temía a las gelatinas; es más, me causaba placer su movimiento bamboleante cuando las penetraba la cuchara; yo solo intentaba dar a luz una idea .

    Todos estábamos sentados encima del muro, escondidos dentro de los abrigos: Ramsés, Michael, yo, con las cabezas arrellanadas en el cuello. Avestruces polares, avestruces cósmicos. Levantábamos la mirada solo para buscar la botella. Esta era la tercera. El trívium. El Tri-vinus. El Tri-ronus. Ahogamos a la madre (su cadáver ahora lo devoraría una brigada de plánctones proletarios), desmembramos a la hija (en pedazos yace a la orilla de una pared) y ahora desangrábamos a la spirita santa. Herejías y feminicidios alcohólicos. La mente era una balsa a la deriva en un océano sin delfines que nos salvaran; solo unos tiburones ballenas que amenazaban con chuparnos hacia dentro de sus estómagos para que hiciéramos una fogata con Pinocho. Pincochio Morrinson; “Light, my fire”.

    Sonaba Cream en la bocina portátil de Ramsés. “White Room”. Inducía una psicodelia sintética: detrás de mis párpados los colores se calidoscopiaban (Lucy me miraba desde el cielo): se volvían mándalas, símbolos cuneiformes. Provocaba una sinestesia sintáctica y la palabra “reloj” me sabía a pudín; cepillo, a baba de quimbombó; metafísica, a chambelona de menta…

    —¡Quita la mierda esa! —gritó de repente Michael. ¿Quieres que nos deprimamos y nos volemos la cabeza ¡Boom! —puso los dedos encima del lugar de la capucha de su abrigo donde supuestamente estaría su sien, pero la mano no le paraba de temblar, así que lo más probable es que se disparara en la mejilla. Imaginé que el ron se le salía como un chorrito por el agujero de bala. Reí, reí, como un árabe loco.

    —¿Qué pinga la pasa a este? —preguntó Michael.
    —No le hagas caso —respondió Ramsés—. Él no puede ni con su vida ya… Voy a poner algo de Nirvana: “The Man Who Sold de World”, el cover a Bowie.

    —¿Cuánto costaría el mundo? —pregunté— ¿Un clítoris de diamantes que te corte los dedos cuando lo acaricies costará el mundo? ¿Una estatua Nietzche en cuatro patas mientras Rosa Luxemburgo lo aguanta con una correa costará el mundo?

    — ¡Uff! Ahora sí se fundió por completo… Tú sabes que los escritores están medio… —Michael volvió a ponerse el dedo encima de la sien, pero no necesitó moverlo para hacer el gesto universal del “loco”: el temblor de su mano lo hizo por él.

    —No medio locos, sino locos y medios.

    Ellos no imaginaban toda la mierda que había en mi cabeza detrás de los mándalas, detrás del fluorescente código de Hammurabi, detrás de Lucy y sus ojos de calidoscopio. ¿Alguna vez han intentado dar a la luz a una idea y no lo logran?
    El cerebrobstetra te pide que pujes, que pujes y tú dice que no puedes más, que la masa encefálica te va salir por las orejas como picadillo por los orificios de una máquina de moler carne, como un chorro de pasta dental neuronal.

    Cobain —él sí sabía lo que era su cerebro se volviera picadillo. Y de res, de vaca sagrada, no de animales muertos encontrados en las orillas de las carreteras, como el que sirven en los comedores de las escuelas para becados— terminó de vender el mundo al por mayor y le siguió “Since I’ve Been Loving You”, de Led Zeppelin. La guitarra de Page sonaba como una eyaculación de maná.

    —¿Saben por qué la banda se llama Led Zeppelin? —pregunté. Michael y Ramsés se encogieron de hombros—. Un día un tipo llegó cuando ensayaban y les dijo que iban a fracasar “like a led zeppelin”, un zepelín de plomo, en picada ¡Ffffff! e iban a formar tremendo reguero de mierda (¡Bffff!), cuando chocaran contra el piso, porque los putos zepelines de plomo no pueden volar. ¿Entienden? Los zepelines de plomo no pueden volar.

    —Aléjale la botella… Creo que este se quiere matar pa’ la pinga… Otro trago más y se busca un puente, una soga y un ladrillo —dijo Michael.

    Era el capitán del zepelín de plomo y un capitán siempre se debe hundir con su nave. Yo, con la gorra marinera encima del corazón, observaba a través de las escotillas como todo se iba por encima de mí, como me sobrepasaban: las nubes eran gazas de envolver muñones que alguien enrollaban con frenesís, las aves alcanzaban tan rápido el borde de la escotilla que parecían cohetes recién salidos de Cabo Cañaveral, por un segundo vi como el “Free Bird” de Lynyrd Skynyrd le arrancaba las alas a picotazos al “Black Bird” de Los Beatles, la libertad nos quita y nos da; aparecieron los treceplantas falosoviéticos, pero descendía tan de prisa que en sus balcones solo veía rayas verticales en vez de personas, difusas pero direccionales; el final, el cráter; al final, la certidumbre de la dureza del concreto. Y yo, solo, solo quería darle luz verde a una idea, solo eso.

    —¿Nunca han sentido dentro de sí dos fuerzas?

    —Y ya empieza este de nuevo con sus preguntas. A ver… ¿qué dos fuerzas? – preguntó Michael.

    —Una caótica, destructiva, esos impulsos que a uno le dan por darle un gancho a una embazada por la barriga hasta que el niño le salga por la boca, como esos juegos de ferias que golpeas con un martillo y una bola se levanta según tu fuerza

    —Golpear embarazadas… ¿de verdad?

    —Sí, reírse de la calvicie de los niños con cáncer y ponerles traspiés a los cojos y abrir una página web de pornografía infantil….

    —Pornografía infantil… Para ahí, asere, que me preocupas…

    —Y destruirte por completo. Bañarte en una piscina de champagne como Los Beatles y nadar de un extremo a otro de ellas hasta que te la bebas completa, y meterse tanto ácido adentro que luego te pongan bajo el capó de un Moskvich como batería, y unir con alambres los veinte cigarros de la caja y metértelos todo en la boca al mismo tiempo, encenderlos y pensar que eres un cañón.

    El Thanatos. Cuando lanzas a Freud contra una pared solo queda natilla. Natilla con sabor psiquis podrida. Los impulsos de yihad, comprar en Amazon el último chaleco bomba de la temporada de invierno de Milán. La autoagresión. La introagresión. La autointroagresión. La metamorfosis de hombre en zepelín de plomo. El concreto inevitable.

    Michael se bajó del muro del malecón y dio par de saltos en el lugar, para descongelarse las piernas. Luego se acercó a donde estaba yo y me agarró por los hombros.

    —Comepinga, levanta la cabeza. ¡Mírame! Mírame a los ojos… Hablas que parece que metiste de un palo toda la cocaína que se han esnifado Los Rolling Stones en sesenta años de carrera. Regresa —me sacudió—, regresa, comepinga, que no estoy para llevar a nadie a la casa arrastrado.

    Lo oía lejano, como detrás de un biombo con hermosos dibujos de bambúes en el que había empalados chinos culíes. Cuando me agitó me sentí como Coca Cola; desde la planta de los pies una fuerza efervescente subía por mi cuerpo- lata de aluminio. Solté un chorro de vómito en dirección a Michael, quien se quitó a tiempo.

    —¡Qué asco! Para la próxima mira a ver para dónde apuntas.

    Sentí que me aliviaba un poco, por lo menos el cuerpo, porque la mente continuaba en su viaje marciano con Ziggy Stardust. Espolvorearon polvito de estrella en el aire para que los niños traviesos, como yo, pudiéramos volar bien HIGH.
    Ramsés también enfrentó la fragilidad de cristal de Bohemia de sus huesos. Rapsodia Cristálica cantada por el bardo Fernando de Mercurio para quienes desafiaron el épico frío.

    —¿Te sientes bien? —me preguntó. No contesté. Me pesaba la boca. La lengua la tenía anclada al arrecife del paladar.

    —Se está quedando dormido… Hay que llevarlo para la casa —propuso Michael—. Es un caso perdido.

    —No, no. Hay que esperar que se le quite un poco la borrachera para que pueda caminar él solo; sino nos vamos a joder todo cargándolo, ahora mismo es peso muerto. Oye, oye, oye… ¿Había dos fuerzas? Una ya la dijiste, ¿cuál es la otra?

    Probé mover la lengua, combatir la pereza articulatoria alcohólica:

    —Ponme, ponme Pink Floyd… —pedí—. Empezó a sonar “Money”. El principio de la canción con sus sonidos de tragamonedas, fue como si mi a mente la alimentaran con níquel y por un momento se iluminara con la parafernalia de las victrolas.

    Levanté la cabeza. Michael y Ramsés me miraban como un anti-Mesías. Esperaban las palabras dientes de león, las palabras que se llevan el viento, Dust lanzado in the wind por lenguas escobas que solo saben lamer los pisos. Eran buenos tipos; solo querían complacerme para que no me perdiera en el peor de los abismos, el de mi mente, que aún intentaba parir la feto-idea.

    “La otra, la otra fuerza es la sacralización de grandes ojos de gato brillosos, encontrar una nube vulvacéntrica, sentarte frente al mar, así… —estiré la mano para abarcar la bahía que se extendía detrás de nosotros, pero el movimiento brusco me hizo efervescer de nuevo; esta vez refresco de limón, transparente y blancuzco, en el altar de mi estómago ya no había nada sólido, vegetal o animal, que ofrecerle a la Diosa Ciudad y a su cierva que se encargaba de dirigirle el destino a los sinrumbos, la hetaira Acera.

    —Habla, habla —me dijo Ramsés—, hablando es la única manera de que no te mueras. Sigue, sigue.

    —¿Por dónde iba? Algo del mar ¿no?

    —Sí, del mar.

    —Oler el mar y que los pulmones se te llenen de algas, de sargazos. Todo lo bonito. Todo lo bello. Todo lo hermoso.

    —Doble personalidad —susurró Michael—: primero hablaba de golpear embarazadas y pornografía infantil, y ahora de nubes de sabrá Dios qué coño dijo, y algas y sargazos, y no sé cuántas mierdas más.

    —Sí, sí, Michael. Pero ahora, en vez de golpear embarazadas, es pegarle el oído a la barriga y escuchar como la vida crece en ella y dormirte ahí, como la gente duerme con cintas donde grabaron los sonidos de apareamiento de ballenas y delfines. Es correr a darle un abrazo al primer vagabundo que encuentres, prometerle que no está solo y regalarle tus Nike. Es el maldito Flower Power… —había acabado “Money” y comenzaba “Wish you were here”— es el Pink Floyd, los fluidos rosas. ¿Me entienden? Los malditos pinks floyds.

    El zeppelín de plomo y los fluidos rosas
    El zeppelín de plomo y los fluidos rosas. Imagen: Felipe Chiong.

    Los fluidos rosas fluyen por el sistema venoso de los muros donde alguien dibujó: “YAMESIY TE QUIERO NO TE VALLAS”. Lo rezuman las vaginas. Lo expulsan los glandes. Alimenta a los almendros, a los rosales, a las putas margaritas. Lo sudan los dedos de los albañiles, de los guitarristas, de los zapateros, de los bibliotecarios. Es el líquido de la vida, el Eros, el impulso de crear. Todo lo que puedes amar sin hacerlo añicos.

    —¿Entonces quién está ganando, el Zeppelín de Plomo o los Fluidos Rosados? —preguntó Ramsés, que de alguna manera logró hilvanar algo de mis palabras.

    La realidad antes mis ojos se descontorneaba. Perdía bordes. Los límites se fusionaban. Intente mirar a Ramsés, pero él y la ciudad eran un solo objeto. Bizqueé un poco para centrar su imagen y así separarlo de las alcantarillas, de las escuelas con bustos de Martí descascarados…

    ¿Él me entendería si le explicara que la verdad solo se logra en los estados puros del caos y el amor? Cuando caminas por la cuerda floja te centras demasiados en no hacerte revoltillo contra el suelo de la carpa. Todos somos equilibristas. Todos andamos encima de la cuerda. Todos somos cordados, pero no todos estamos cuerdos. Y en el caso de que tropieces de un lado se encuentra el Nirvana, y en el otro la jalea de perlas, la belleza batida que te obliga a devorarla; las cantaros rodantes, la piedra de Sísifo colina abajo, y los escarabajos de los dioses que limpian la carne putrefacta hasta que solo dejan el alma; el zepelín de plomo y los fluidos rosas. Todo se reducía a eso en el arte de parir ideas.

    Sonaba “Everybody got something to hide, except for me and my monkey”, de Los Beatles. Yo intentaba explicarle a mi mono la diferencia entre ocultar y no querer hablar, pero él se subía por mis pantalones, por mi camisa hasta llegar a mi hombro y ahí me jalaba las orejas. Maldito beatlemaníaco. Maldito beatlemacaco.

    —¿Qué tú crees? —le pregunté a Ramsés.

    —Que estás mal del coco —respondió entre dientes Michael.

    —Cuidado no menciones al comecocos, que aparece de repente. Él te limpia el cerebro como las niñas que abren en dos las galleticas y lamen el relleno y luego botan lo demás. Para el comecocos no somos más que eso, relleno de fresa. ¿Por qué tú crees que yo estoy así?

    Michael se acercó a mí y me agarró por la camisa. Quería golpearme y golpearme como si fuera un pushingbag, para que no pudiera morirme por una contusión cerebral, por una hemorragia, por una costilla rota. Si las puertas de la ira se abrieran por completo, todo aparecería ante el hombre tal cual es: infinito. Y un buen empingue, como el de él, puede ser así, infinito.

    —Comecocos ni comecocos… ¡Comepinga es lo que eres tú!

    —Ya, ya, déjalo… Está borracho, ¡cojones! ¡A los borrachos no se le hace caso! —gritó Ramsés y me soltó—. Entonces, ¿el zepelín de plomo o los fluidos rosas? ¿Quién te gana?

    —El caos gana… ¿sabes que hace rato me ronda una idea? Es como los pajaritos que le revolotean alrededor de la cabeza a Bugs Bunny cuando lo golpean con un martillo o lo vuelan con dinamita marca ACME; pero como él, al estar desmayado no puedo agarrar ninguno de los pájaros, solo siento su aleteo como algo lejano. Sé que existe, que se encuentran ahí, al alcance de mis manos —estiré el brazo hacia adelante y agarré un haz de nada—. Y si lo atrapo, y si lo atrapo le voy romper el cuello, freírlo con manteca de cerdo que lleve más de un mes en el sartén ¡y comérmelo! —con la uña me mondé un pedazo de carne metafórica entre los dientes frontales.

    —¡No seas puerco, viejo! —Michael me dio un manotazo en la muñeca y así alivió un poco las ganas de pushingbaguearme —Sácate esos dedos de la boca, que acabas de vomitar.

    —Vamos para la casa —sugirió Ramsés—. Ya este está lo suficiente recuperado como para caminar por sí mismo; si no, ¡pa la pinga!, lo ayudamos.
    Sonaba “Satisfaction” de Los Rolling Stones. Sus majestades satánicas me advertían que esta era otra velada infructuosa —Cronos succionaba el sábado como un espagueti muy largo— y traslucida: a través de ella podías observar todas las otras noches y percatarte que no importaba si mirabas en dirección al pasado o al futuro hallarías lo mismo: los neutrinos, los estados neutros del no —los tal vez, los quizás—, la cuerda floja que no se quebraba aunque saltaras encima de ella, los estados no puros de la caos-mente.

    Miré hacia el piso. Tenía el cuerpo entumido de estar tanto tiempo encima del Malecón. Era una gárgola a punto de descascararse de su pátina de piedra. Me asustaba liberar mis carnes. Me horrorizaba indarwinisarme y olvidarme de mi condición bípeda. Apoyé las manos contra la muerta piedra. Me valoricé. Me dije que ni siquiera el concreto resultaba una certeza. Tensé los brazos y me impulsé hacia el vacío. Calculé mal y el pie de apoyo cayó encima del vomitó. Me sentí caer hacia atrás como cuando lanzan una Cruz con un Jesús Cristo carcomido por las polillas y los años hacia el mar. Me golpeé la cabeza contra el costado del muro.

    Todo oscuro, sin mándalas, sin Lucy, sin código de Hammurabi. La oscuridad del ave sin eclosionar. La oscuridad descartesiana: no piensas, no existes. La primera percepción, un cliché, una luz al final; pero, entonces, te preguntas qué le sucede a una idea si se difumina, se vuelve luz ¿no? Nadé, repté, volé, me arrastré hacia ella… Escuchaba al cerebrobstetra del otro lado que gritaba: “¡Puja! ¡Puja! ¡Puja!”, y la luz comenzaba a absorberme. Por fin, el parto. Estoy tan cerca…

    —¡Oye! ¡Oye! Dale otra que parece que reaccionó un poco —sentí un dolor intenso en la cara, en mi cara verdadera, la de la crema de afeitar, la de la Colgate, las de las secreciones nasales; no la otra, no la Dark Side of the Moon, no la del reversoespíritu.

    Abrí los ojos cuando Michael se preparaba para darme un segundo bofetón.

    —¡Comepinga! ¡Casi lo logro! —grité desesperado.

    Matanzas (1994): Periodista y escritor, cubano y matancero, bibliómano y grafómano, melómano y canto rodante.

    Guillermo Carmona
    Guillermo Carmona
    Matanzas (1994): Periodista y escritor, cubano y matancero, bibliómano y grafómano, melómano y canto rodante.

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    1 COMENTARIO

    1. ¡Me ha encantado! Lo amé 😍 y me he reído una barbaridad… Muy buena historia, muy buen escritor… Felicidades.

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