Hardcore

Me acerco a la tarima a tirar fotos. Esta banda es bastante perfomática, alguna buena imagen les podré capturar. De todas maneras no trabajo para la Rolling Stone, solo me pagan 300 pesos por cubrir el concierto; así que estoy a la caza del cliché. El vocalista le saca la lengua al público. El piercing en la punta parece un cencerro. Primera foto.

Hace años que no asistía a un concierto de metal, por lo menos desde que Alex nació y él ya casi cumple doce. Antes, en mi adolescencia, era bastante aficionado. No me saltaba una rockoteca.  Vivía como un vampiro: vestía de negro siempre, con la devoción de un monje por su sotana, hibernaba de día y en las noches escapaba del ataúd para patear la ciudad: a tomar chispa ‘e tren, a caerle atrás a alguna muchacha de piernas resorte, le tocabas un botón y ya, o solo a vagabundear.

La vida en algún punto me sobrepasó. Conocí a Gisela, una niña buena de casa que continuó el estereotipo de enamorarse del supuesto chico malo que era yo. Siempre le gustaron demasiado los novelones brasileños y mexicanos. Ella salió embrazada y no quiso sacarse la barriga, así que nos casamos. Entonces me supe padre de familia, proveedor. Un socio de la infancia me consiguió trabajo en un estudio fotográfico, cuando aprendí el oficio decidí empezar mi propio negocio, modesto pero rentable.

“¡Qué levante la manos quien le guste el sexo anal!”, grita el vocalista. Par de borrachos pegados a la tarima vociferan y yo me pregunto si les gustará hacerlo o que se lo hagan. Quizás no oyeron bien la pregunta. Deben tener en el cuerpo más alcohol que sangre. Tal vez hasta alguno esté enyerbado o empastillado.

Hace dos semanas el manager de la banda, Acrílica se llamaba el grupo creo, habló conmigo para que le cubriera el concierto que era parte de una gira nacional o algo así. Hastiado de quinceañeras y sus plásticas madres, de bodas en la playa al atardecer, de fiestas de cumpleaños de niños con payasos faltos de gracia, acepté sin dudarlo. Necesitaba un cambio de aire urgente.

Mi matrimonio no iba bien. Hacía agua por todas partes y el silencio entre Gisela y yo presagiaba que toda esa agua se volvería tormenta y, entonces, debería mudarme y alejarme de Alex, porque ella seguro se quedaba con la custodia. Tal vez nos casamos muy pronto y los años de juventud perdidos ante la responsabilidad de la familia nos cobraban la factura ahora que nos acercábamos a los treinta. En el estudio de fotografía ganaba cada vez menos; demasiada gente pensaba que con un celular de última generación y una aplicación para ponerle filtros a las imágenes no requerían ayuda de un profesional.

En los últimos meses andaba como si me fuera a romper en cualquier momento. Como si un día por la calle ya no aguantara más y me echara en el suelo a llorar desconsolado o provocara una pelea con el primer pobre tipo que se me cruzara por delante. El cuerpo me sobraba. Necesitaba una experiencia extracorporal, un blackout mental. Liberarme de mi mismo.

La fauna del concierto no ha cambiado mucho en estos diez años: los alejados del escenario descansan en el césped, conversan y beben de vez en cuando de un vasito desechable con ron; los más cercanos casi todos andan descalzos y sin camisa para enseñar sus tatuajes: iconografía satánica, el logo de alguna banda, calaveras antropológicamente diversas, bailan con un movimiento descendente y ascendente de cabeza. Trashean. Dirijo el lente hacia estos últimos.

Dos de ellos chocan de pecho. Uno tiene un tatuaje en el esternón: una mujer diablo con las tetas afuera; el otro un cráneo en llamas, en el mismo sitio. Beso necrofílico e infernal. Segunda foto. Un muchacho de la edad de Alex, igual de flaco y casi con la misma estatura, salta y uno de sus Converses se le resbala del pie. En la instantánea se observa el cuerpo congelado en  el aire con las piernas recogidas que casi le tocan la parte posterior de las rodillas y el tenis por encima de su cabeza. Tercera foto.

“Esto se pone bueno. Vamos a despingarnos un poco”, dice el vocalista cuando acaba la primera canción.

Todos los que antes trasheaban ahora están formados en un círculo. Tienen los músculos tensos. Miden a sus contrarios. La banda comienza de nuevo. Después de un instrumental de menos de diez segundos, el cantante lanza un grito. “¡Socialismo o muerte, cojones!”, entiendo yo por lo menos. Es el disparo de salida. Empieza la hardcore.

Todos los que aguardaban se lanzan al unísono al centro de la circunferencia. Chocan y se repliegan. Alrededor de los combatientes se reunieron un compacto grupo de curiosos que observan embelesados el espectáculo. Yo también me sumé a la primera línea para buscar alguna fotografía aceptable.

En el medio de la batalla hay un tipo gordo de casi dos metros con aspecto de maorí al que casi nadie se le acerca. Tótem inamovible en mitad de la danza. El niño que se parece a Alex, aún sin un Converse, está acostado sobre el césped. Otro friki usa su estómago como una cama de goma para saltarle encima al maorí. En la cara del trampolín humano una mueca delata un dolor intenso.

“¿Pinga, no van a ayudar al chiquito ese?”, grité, pero gracias a la música atronadora nadie me oyó. Miré a un lado y al otro, pero creo que a nadie le importara mucho: el show debía continuar. Sin pensarlo, me lancé al ring.

Al entrar, alguien me chocó por el costado izquierdo y retrocedí par de pasos; antes que pudiera recuperar el equilibrio por completo, me impactaron por la derecha. Por suerte logré reaccionar antes de caer de bruces contra el suelo y mantener el equilibrio. Debía tener más cuidado en el futuro, aún llevaba en la cámara enganchada al cuello con una correa.

El muchacho se encontraba a unos cinco metros de mí en línea recta; pero nunca podría llegar hasta él tan fácilmente. Entre nosotros la concentración de combatientes resultaba mucho más espesa, casi todas ellos rondaban al Maorí. Si lograban hacerlo caer o, por lo menos, que cediera dos pasos, entonces podrían retirarse victoriosos de la justa, poseedores de una hazaña por la cual participantes y observadores lo alabarían por el resto de la noche y quizás le brindaran un poco de ron gratis.

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Pensé que la opción más sensata consistiría en avanzar por los lindes del público y así estar fuera del epicentro de la batalla hasta llegar al punto más cercano al muchacho. Nos separaban unos 180 grados, más o menos. A la mitad del trayecto, percibí fugazmente por mi costado que alguien se acercaba a toda velocidad. Intenté esquivarlo; pero fue en vano. El impacto me lanzó contra el público. Sentí que mi cabeza aterrizaba sobre una superficie acolchada y que me sujetaban por las axilas. Cuando levanté la mirada, vi a una gorda cuarentona con el rostro maquillado de blanco y unas ojeras artificiales negras en forma de estrellas.

“Pa’ dentro de nuevo”, gritó y me empujó hacia el ring improvisado. Por el impulso terminé en una de las capas más cercanas al centro. Dos tipos venían hacía mí para aprovechar que aún no me estabilizaba, uno por el frente y otro por la derecha. Cansado de que me golpearan, que me zarandearan, del silencio de Gisela y de la casi certeza de que me pegaba los tarros y con lo decentica que siempre aparentó ser, decidí volverme parte del juego. Cuando el de la derecha se aproximó lo suficiente lo agarré por la nuca. Con todas mis fuerzas, por suerte era un flaco, lo conduje contra el que se aproximaba por mi frente. Ambos chocaron y por unos segundos quedaron confundidos.

Algo en mí despertó, como si todos estos meses de ansiedad contenida, de desasosiego vital al final explotaran dentro de mi cabeza y le dejaran hecha trizas, un antiguo campo cultivo arrasado por un bombardeo. El blackout mental.

Me sumergí por completo en la hardcore. Iba de un lugar a otro del círculo. Movía los brazos como un molino y de vez en cuando sentía como mis puños chocaban contra un rostro, contra una espalda. Los rivales respondían a mi agresividad con más agresividad aún, como correspondía a esta lucha animal. Me dieron un puñetazo tan fuerte en la frente que me partió la ceja y un hilo de sangre me corría por el rostro. En las costillas y en el pecho auguraba los moretones por los reiterados empujones; pero qué, pinga, importaba eso sí me sentía vivo. ¡Vivo, pinga, VIVO!

En algún punto la banda bajó un poco el ritmo y la canción entró en un fragmento menos frenético y los combatientes que actuaban bajo el influjo de la música, se tomaron un pequeño descanso. Los más activos saltaban en el lugar para no perder la adrenalina acumulada; otros, con las piernas abiertas y las manos sobre las rodillas bufaban de cansancio. Yo era de los primeros. Aún sentía en mí las ansias de desgarrar, romper, quebrar, deshacer y que me desgarraran, que me quebraran que me deshicieran.

“Somos Acrílica, partía de singaos, y esto no se acaba todavía”, gritó el vocalista y le hizo una seña al guitarra que dio un acorde largo y vibrante, “Patria o muerte, cabrones”, cantó a voz rajada.

Los combatientes comenzaron a moverse de nuevo. Su energía aumentaba mientras la canción tomaba fuerza.  Todavía en el centro se encontraba el Maorí, imperturbable. Sería mi próximo objetivo. Él, en el medio del ring, podría ser todo lo inmutable. Aquello por lo que, aunque lo intentes una y otra vez, no puedes cambiar porque no depende de ti: la impotencia en forma de un mulato de dos metros de alto y más de cien kilogramos de peso.

El plan o, por lo menos, el intento de plan era lanzarme hacia él con los brazos extendidos y cuando intentara apartarlos, aprovecharme de que yo era más bajo que él para deslizarme por debajo y darle un codazo en la barriga. Cuando se doblara por el dolor lo agarraría por las piernas como en un combate de lucha libre y ambos iríamos para la yerba. Imaginaba la cara de sorpresa del público cuando la espalda del gordo tocara el suelo y yo me parará encima de su abdomen, victorioso.

Me lancé hacia él a toda velocidad. A parte de mi objetivo todo lo que me rodeaba se difuminó  en manchas, estelas, líneas  ¡No se llevarían a Alex aunque tuviera que matar  a la puta de Gisela! Como lo preví el estiró los brazos para detenerme, pero yo me escurrí por debajo de ellos. Mi codo se hundió en su grasa. Lo había logrado. Cuando alcé la vista en vez del gesto de dolor esperado había una sonrisa. Me abrazó por los omoplatos, pensé  que la columna vertebral se me partiría de un momento a otro. Me alzó hasta que su rostro quedó a la altura del mío. “Buen intento, guanajo” me dijo y me lanzó contra el piso con todas sus fuerzas.

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Aterricé de cara en el césped. Escuché un ruido de cristal roto debajo de mí. ¡Pinga, la cámara! Me acordé que aún la llevaba enganchada al cuello con la correa. El lente debió de rajarse por completo. 800 dólares costaba uno nuevo y sin eso olvídate de las quinceañeras y sus plásticas madres, de bodas en la playa al atardecer, de fiestas de cumpleaños de niños con payasos faltos de gracia. Ahí, tirado sobre el césped me percaté de mi fragilidad, de la inutilidad de romper la inercia, de lo hijo de puta que es el karma. Lloré desconsolado.

Sentí que me golpeaba en el costado y que alguien caía encima de mí. Aún con los ojos aguados por las lágrimas miré hacia mi derecha. A mi lado yacía el muchacho por el que había entrado la hardcore en primero lugar, al parecer había tropezado conmigo. Le sangraba el labio y lucía más maltrecho que yo.

Él intentaba incorporarse. Yo me apresuré y me levanté primero y lo agarré por la muñeca. Él intentaba liberarse, pero yo lo jalé hacia mi pecho y lo abracé de la misma manera que el Maorí había hecho conmigo unos segundos antes. Con el muchacho cargado corrí hacía el público. Él se contorsionaba entre mis brazos para que lo soltara. Par de veces me golpeo fuerte con la frente en la nariz y en los labios, pero yo resistía.

“¡Quítense, pinga!”, grité cuando llegué hasta el molote de observadores, por suerte me obedecieron, quizás observaron en mi cara tal grado de desesperación que se asustaron. Solté al muchacho en el espacio que habían abierto. “Ya estás a salvo”, le dije. Él me miró por un segundo, confundido. Luego me apartó y volvió a la hardcore a toda velocidad aún con un zapato de menos.

Yo me senté en césped y se me escapó una media sonrisa.

 

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