Zammys Jiménez: “No me gusta trabajar fumada”

De chica gótica a actriz de un musical, de un viaje a Brodway a una banda de Locos Tristes” Una historia de cómo el rock te levanta el espíritu.

Zammys
Zammys Jiménez Denis es cantante de Los Locos Tristes, una joven banda de Santa Clara. Foto: Junior Hernández Castro/Opía Magazine.

Pero es que a mí no me gusta tratar a gente loca —protestó Alicia.

—Oh, eso no lo puedes evitar —repuso el Gato—. Aquí todos estamos locos.

Lewis Carroll – Alicia en el País de las Maravillas

por Junior Hernández Castro

Aquel 14 de septiembre, cuando cumplió 28 años, Zammys Jiménez Denis supo que morirse no valía la pena. Quizás antes, con 27, hubiese sido algo romántico que la encontraran tumbada boca abajo y sin respirar, con los ojos apagados para siempre y un bote de pastillas a sus pies. Pero había llegado ya a los 28, que es un número de años aburrido, soso, intrascendente… una edad jodida para morirse. Porque, la verdad, nadie se acuerda de los músicos que mueren con 28 años; todo el mundo sabe que las estrellas del rock, las que alumbran con mayor intensidad, apagan su luz a los 27.

El problema de Zammys fue que, cuando tenía la edad justa, estaba muy ocupada como para perder el tiempo muriéndose. El 2018 había sido un año de limpiar pisos, colar “cafeses”, cuidar sus mascotas, hacerse tatuajes, estar un rato a solas… y cantar. De mucho, mucho cantar. Porque Zammys, la misma que camina a oscuras por el escenario y coloca tras de sí un pomo de agua junto a vaso desechable con ron, la misma que en unos minutos regalará su música a un puñado de frikis, no ha parado de cantar desde que descubrió que el rock and roll hecho en casa puede aliviar la tristeza, que escribir una canción es mejor que tomar cien pastillas, y que el Club de los 27 está bien como está.

***

Es 24 de mayo en La Habana; viernes, además; y Zammys espera impaciente a que enciendan las luces del Maxim Rock, el único lugar en la ciudad en que confluyen la nostalgia por el rock and roll y la potencia del heavy metal. Es viernes, y el «rock no metálico» es protagonista, y Los Locos Tristes un piquete novel de Santa Clara, se presentan frente a un público al que deben conquistar. Porque cada concierto es, para ellos, un acto de conquista, un intento de persuasión, un “hola, somos Los Locos Tristes, tenemos una página en Facebook y un canal en YouTube”, y un “conéctense y escuchen nuestra música; y no se preocupen, que el dinero que gasten en ETECSA se reinvierte en salud, deporte y educación”.

Son Los Locos Tristes, y Zammys es su frontwoman, su arma secreta, su mother of all bombs. Subida en el escenario, antes de que todo empiece, figura frágil, con una delgadez de Janis Joplin dentro de un vestido de flores rosas, una licra gris y unas botas negras; con el labial rojo que pronto esparcirá hasta la barbilla; y con un aire a psicodelia en la mirada. Pero una vez que hay luces, suena el riff y apresa el micrófono entre sus garras de Zammys —poseída por los demonios del rock and roll—, grita y se ríe, ronronea y se arrodilla, y se acuesta en el piso y se arrastra, y se empapa los pelos rojizos con agua embotellada y se los revuelve, y se moja los labios con el ron del vaso desechable, y luego —sin dejar de cantar— se engrifa y se levanta de nuevo, y camina con parsimonia hacia el borde del escenario — donde están el escalón y la valla que la separan del público del Maxim Rock—  y regala una boca abierta y un aullido interminable que no estaban en el guion, y los tres gatos que aún escuchan rock en Cuba, le responden levantándose de las mesas, gritando y aplaudiendo. Loreta y Laurent le alientan con un coro de “¡Azúcaaaaaaaaaar!”, Edu asiente varias veces como diciendo «ella es la tipa», y Alejandro logra una foto antes de que Zammys se detenga en seco.

—¿Por qué será —se cruza de brazos y entrecierra los ojos felinos— que a la gente le gusta tanto las notas altas? —y sonríe con su boca hecha un desastre, y vuelven al unísono el fondo musical, las risas y los aplausos. Y sigue cantando como si nada, con la misma desfachatez con que un grupo de borrachos asaltan el silencio de la noche.

Zammys
El Maxim Rock es uno de los escenarios donde Los Locos Tristes se han presentado. Foto: Junior Hernández Castro/Opía Magazine.

ZAMMYS SE ESCRIBE A SÍ MISMA (I)

MANERAS DE DECIR QUE HOY ES EL CUMPLE DE MI MAMÁ

1- Como un reggaetonero: Hoy vino al mundo una estrella, HOY VINO AL MUNDO MI PURA!!!

2- Como en asamblea de CDR: Bueno caballero, vamos a felicitar a la compañerita mamá de Zammys… por ser la primera en terminar las cadenetas pa’ la fiesta del CDR y bueno, porque además de ser una destacada cederista, hoy es su cumpleaños… Aplaudan caballero…

AMOR PROPIO

Hola, Zammys. Soy Zammys. Eres preciosa, hermosa. Siempre te he amado, pero no tenía el valor de decirte… hasta que inventaron el Facebook.

***

¿Que por qué Zammys está chiflada? ¿Quién sabe? Quizás fue así desde niña: medio inquieta, revoltosa, con un tornillo suelto. Me cuenta que con quince años empieza a estudiar Contabilidad en su natal Santa Clara, más por inercia que por vocación. A diferencia de las demás muchachas, usa mochila en vez de cartera, se pinta las uñas cuando se acuerda de que existen, y escucha una música que nadie es capaz de comprender. Es la rara, la friki, la excéntrica. Sabe que no encaja en ninguna parte. Y le encanta.

—Para ser contadora tenía que usar cadenas de oro. Y anillos de oro. Y ser rubia. Y a mí no me quedaban bien ni los rayitos en el pelo —bromea.

Tras dos años de no estudiar mucho, se cansa y prueba suerte en el mundo del teatro —“alegría para mis maestros de contabilidad”—, pero las nuevas clases tampoco la llenan del todo. Entiende que algunos profesores enseñan más que nada lecciones de vida, pero nunca siente que está en una academia de arte. A veces se ausenta del aula para no decir «esto no me importa», cuando le llamen la atención por vivir en las musarañas. Prefiere esconderse en la azotea de la escuela, donde nadie va a la molestarla y puede desconectarse del mundo. Allí enchufa los audífonos, se acomoda en el piso y observa las nubes. A veces se queda dormida y sueña con acordes tristes, los mismos que, desde chiquita, le han dado “cosilla” en el cuerpo. Por esos tiempos, de la mano de los grupos Evenfall y November Charlie, conoce a Daniel Lezcano —futuro bajista de Los Locos y su novio de siempre— y se reencuentra con sus ganas de cantar.

Pero prefiere cambiar de tema, porque me nota acosador, y me dice que al final se gradúa, que sigue en el teatro y que un día, cuando tiene 24 años, le hablan de Rent, el primer musical de Brodway que llegaba a Cuba en cincuenta años. Y le aconsejan: “ve niña, ve. Prueba suerte, que uno nunca sabe”. Y ella dice: “bueno, deja a ver qué pasa”, y va porque está aburrida, porque en realidad no es una entusiasta de los musicales. Pero va, y hace el casting, y termina encarnando a Maureen —que no era más que una versión ficticia de ella misma— y conoce más aplausos de los que hasta ese momento había escuchado.

—Cambió mi vida, por así decirlo, porque era algo… —no encuentra la palabra—, lo primero realmente grande que hacía. Sobre todo, me di cuenta de que podía cantar, y de que no dejaría de actuar nunca, porque son dos cosas que van a la par. Al menos en mi mente.

Durante los tres meses que dura Rent, Zammys paga cuartos de alquiler, duerme en casas de amigos y conocidos, y aprende a vivir en La Habana. Pero pronto dice adiós, porque otra ciudad espera para conocerla. El día en que sube al avión, se asoma por la ventanilla, y alcanza a ver la mancha que alguna vez fue La Habana, entiende que quizás no haya vuelta atrás. Mejor no pensar en eso ahora… Respira el momento… El avión se eleva hasta que las nubes cubren el cielo. A su espalda, La Habana; frente a ella, New York.

***

Si un día de estos, amor,

decides marcharte,

pudieras llevarte

contigo el sol.

La voz de Zammys enardece la sala. Suena a tristeza, a añoranza, a soledad. Canta despacio, casi en susurros, y mueve los brazos al ritmo del blues. Camina hacia Adrián, a quien le dicen Pucho, y apoya la cabeza en el hombro del guitarrista; luego la quita, le revuelve el pelo y sigue cantando. La voz de Zammys se agranda y sus gestos ya no son tan delicados. La voz de Zammys se ensancha y su cuerpo pierde el control, y Zammys se arrima al micrófono y apoya la espalda en Daniel. Y Zammys se nota eufórica en esta canción triste, porque “No me olvides” no es de Nirvana, ni de Los Beatles, ni de los White Stripes, sino de ellos, Los Locos Tristes. Y Zammys, como los demás, ha escogido el desperfecto propio sobre la excelencia ajena.

Zammys
La voz de Zammys suena a tristeza, a añoranza, a nostalgia. Foto: Junior Hernández Castro/Opía Magazine.

Una vez, en Fábrica de Arte, Zammys cantó “Whole lotta love”, de Led Zeppelin, y poco faltó para que un cuarentón mexicano le pidiera matrimonio. Pero para covers está CO4, otra banda paralela a Los Locos con la que trabaja en los polos turísticos de Cayos Santa María. También una vez, cuando BandEra Studio y el proyecto Lucas organizaron un homenaje a Nirvana —“El regreso de los dioses”— los Tristes versionaron canciones de Cobain, y la propia Zammys encarnó a Polly, una joven paciente en una clínica mental, y cantó y gritó un par de malas palabras frente a los cinco mil y pico de espectadores del teatro Karl Marx.

Pero siempre que pueden, Los Locos Tristes se quedan con sus pocas canciones, con esas que nacen cuando Zammys se siente azul y empieza a hacer garabatos y a tararear melodías, y que luego explica a todos, con señas, quejidos y onomatopeyas. Cada miembro siempre aporta lo suyo: a veces improvisan sobre la marcha; o de vez en cuando llega el Pucho algo ebrio, graba un solo de la nada, y al día siguiente ni siquiera recuerda cómo repetirlo. Brotan así, de una en una, “Nostalgia”, “A solas”, “Naufragio”, “Cuando te mueras”, “No me olvides” … Bolero con distorsión, rock and roll de bares y cantinas, acostumbra a decir Zammys. De su mente, por ahora, no surgen letras alegres:

Y no te acabas de convencer

que tu destino está escrito en mi piel,

que en nuestras tumbas por siempre

crecerán las flores

de nomeolvides amor

de nomeolvides amor

de nooooooooo….

ZAMMYS SE ESCRIBE A SÍ MISMA (II)

A mis ex amigos nunca, ex cubanos menos, a ellos que viven en el enemigo, a esos que viven aquí en el monstruo… y a esos que simplemente ya no están en el islote… en unos días regreso al comunismo, al socialismo (…) y claro que sí, ¿por qué no?, al RESINGANISMO!!!!!! Y nada, me despido de todos. (…) Gracias por soportarme, gracias por los paseos… y por pagarme… pero, sobre todo, ¡gracias por ESTAR…!!!!!!

***

Nadie, ni siquiera ella, sabe por qué vuelve a Cuba. La visa que le otorgaron dura cinco años, pero Zammys regresa de New York cuando apenas se cumple uno. La compañía que trajo Rent a Cuba le ofrece al elenco principal un tour por Broadway, y Zammys camina la Gran Manzana y visita teatros, y cena en restaurantes y recorre el Times Square, y se fija en el desfile de taxis y en la gente apresurada que camina dando saltos, y ve carteles luminosos y barrios con poca luz.

Pero regresa a Cuba y no sabe por qué, y una vez en Cuba, sigue sin saberlo. Y no sabe qué ha hecho, ni qué hacer después, y todo se vuelve gris, y nada tiene sentido. Y se mira en el espejo y se arrepiente a ratos; y a veces no, y se pregunta si ha hecho lo correcto, y si alguna vez decide que sí, que fue lo correcto, se cuestiona entonces cómo regresar a la somnolencia de hoy cuando ayer se vivió en un mundo donde la gente no tiene tiempo de dormir.

—Hoy sé que fue lo que quería hacer, pero en aquel momento no… Estaba más que arrepentida… Pero no vale la pena… Quedarse es tonto. Mi casa es el mundo y me la echo en una mochila… Aquello fue una tristeza necesaria, como me gusta decir… Entonces empecé a tomar pastillas…

—¿Por tu cuenta?

—No, no, fui a un psiquiatra. —aclara rápido, y aprovecha para sonreírse—. No me automedico, jeje… Veo la dosis exacta… Por ese tiempo tenía un almanaque donde anotaba los horarios, y escribí en él «pastillas para los locos tristes», y Daniel, mi novio, lo leyó una vez y me dijo: “¡Ño! Si tenemos otra banda algún día ese debería ser el nombre”. Y así fue.

La otra terapia de Zammys llega de forma espontánea, el día que intenta desahogarse y le salen tres canciones, pero al final, solo se queda con una:

Flores amarillas te daría

por tu última sonrisa.

Flores de papel dejaré

en la tumba del ayer.

Flores que guardaré

entre mis versos.

“Flores amarillas”, aquella primera canción, es el motivo por el cual Los Locos Tristes tienen grabado un demo: “Tu cara entre la gente”. Yudith Vargas, la muchacha bajita y de pelo corto a la que Zammys siempre le dedica sus “Flores…”, corre a hablarle del grupo a Alejandro Menéndez, uno de los principales creadores del proyecto BandEra Studio, y desde aquel “sí”, el sueño de Zammys y su grupo comienza a tomar forma. “Todo gracias a esa canción”.

Escribir “Flores amarillas” es una inyección de confianza para la Zammys que se recupera. Esa vez entiende que no vale la pena deprimirse por estar triste, porque, si esa tristeza ayuda a sacar lo mejor de una misma, a crear algo que pueda ayudar a los demás, quizás no sea tan mala.

—Ahora sé que cada cual es como es. Y sí, me considero una persona depresiva, pero no voy a cambiar, ni me quiero medicar. Lo hablo, me río de mí, y esa es mi mejor terapia… Todo el mundo es algo y yo creo que es bueno entender una parte de ese algo. No todo, porque nunca nos entenderemos completamente, pero alguito de lo que somos es bueno entenderlo y manejarlo. Y esa fue mi cura en esos momentos. Esa, y las flores amarillas.

***

Son casi las doce de la noche y Los Locos están por terminar. Pero antes, Zammys se acerca al público y les dirige unas últimas palabras:

—Siempre es reconfortante para Los Locos Tristes, una banda de Santa Clara, venir acá, a La Habana, y ver entre el público cinco o seis caras conocidas que se repiten en cada concierto. Esta canción se llama “Tu cara entre la gente”. Y va por ustedes —señala a un muchacho barbudo de la primera fila, que conoce cada canción como si las hubiese escrito él mismo—. Va por ti, Edu.

Busco tu cara entre la gente

aunque quizás no encuentre.  

Busco tu cara entre la gente,

pero nadie es como tú.

—Y como esto es un reggae… —interrumpe en el puente, y canta una letra alternativa:

Dame papel y la picadura, que quiero torcer.

Quiero torcer, quiero fumar, quiero volar.

¿Quién dijo que hacía daño un cigarro fumar?

¡Si mucho peor y más dañino es el Popular!

Es el Popular y el gobierno lo vende a montón.

¿Por qué razón no hay solución?

No hay motivo para la prohibición.  ¡¡¡Legalización!!!

Entonces se vuelve al público:

—¿Qué dicen? ¿Hay o no hay que legalizar?

—Síiiii…

—¡Qué va, no oigo! ¿Hay que legalizar o no?

—Síiiiiiiiiiii…

—¿Pero ustedes son frikis o qué…? —protesta, y pregunta más alto—: ¿Hay que legalizar o no?

—Síiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii…

—Eeeeesooooooooooo…

Zammys
¡Legalización! Foto: Junior Hernández Castro/Opía Magazine.

Y Zammys, empapada en sudor, con los pelos desgreñados, y ya sin rastros de lápiz labial, coloca el micrófono en su trípode, se despide hasta pronto del público y baja del escenario, mientras las luces terminan de apagarse y otra banda, Foxxy, se prepara para un nuevo recital. Abajo, en primera fila, esperan los de siempre, Loreta, Laurent, Edu, Alejandro, Yudith y el chico Nirvana, del que nadie recuerda su nombre. Muchos se preguntan de dónde salió aquella letra aparentemente improvisada. “No la escribí yo, pero ojalá”, me dice semanas después, “es de Eskoria, un legendario grupo punk de Santa Clara. Y no… —aclara antes de la pregunta—, ese día no había fumado… No me gusta trabajar fumada”.

Junior Hernández Castro
Junior Hernández Castro
Jefe de Redacción de Opía Magazine. Periodista de formación, fotógrafo a medio tiempo y rockero sin fronteras. Intenta escribir un libro sobre memorias del rock en Cuba.

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