Creedence Clearwater Revival: John Fogerty y el legado de los Aguas Claras

Al cumplirse 75 años del nacimiento de John Fogerty, alma de Creedence Clearwater Revival, el investigador y escritor Humberto Manduley rememora parte de la historia del grupo, su influencia en Cuba y alguna que otra anécdota picaresca.

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Creedence Clearwater Revival estuvo activa entre 1967 y 1972. Foto: kidozi.com

Después de Los Beatles, probablemente sea Creedence Clearwater Revival (“Cridens”, CCR o Aguas Claras) el grupo foráneo que más impactó en los repertorios de los combos habaneros en los años 70. Sesiones Ocultas, Los Walkers, Big Ben, Los Jets, Los Mux’s, Última Edición, Dimensión Vertical, Los Álamos y Los Pencos fueron solo algunos de los que se dedicaron a reproducir sus temas entre nosotros, amén de un larguísimo listado de colectivos informales, menores y barriales.

Rock básico, sin medias tintas, recto a las venas y a los oídos. Sonaron incluso en la radio, lo cual ya es mucho decir en aquellos tiempos de censura y persecuciones. Venían dando tumbos desde inicios de los 60 bajo otras denominaciones —The Blue Velvet, The Golliwogs— hasta que tuvieron la buena idea de cambiar de nombre. El mayor de todos era Tom Fogerty (1941-1990) encargado de la segunda guitarra, siempre bajo la sombra de su hermano menor John (1945-) quien no solo se ocupaba de la guitarra principal y la voz solista, sino que firmaba la mayoría de las canciones. El bajista Stu Cook y Doug Clifford en la batería, ambos nacidos también en el ’45, cuadraban el colectivo que, entre 1968 y 1972, grabó siete discos en estudio, el último sin Tom.

Solamente en 1969 hicieron tres registros, con pocos meses de diferencia entre ellos: una de esas proezas comunes en la época y que hoy ni en sueños es imitada. Dejaron un reguero de temas inolvidables salidos de la pluma del líder antes de cumplir 25 años: “Have you ever seen the rain?”, “Graveyard train”, “Proud Mary”, “Who’ll stop the rain”, “Fortunate son”, “Down on the corner”, “Molina”, “Bad moon rising”, “Long as I can see the light”, “Feelin’ blue”, “Born on the bayou”, “Run through the jungle”, “Hey tonight”, “Someday never comes”, “Effigy” y “Travelin’ band”.

Tal consistencia autoral colocó a CCR entre los más importantes creadores de su tiempo, aunque resulte curioso que posteriormente su nivel compositivo decayera bastante. Pero, así como sus temas se convirtieron en clásicos, el grupo hizo tremendas apropiaciones de piezas de otros, a veces más efectivas que las originales. Ahí están “Suzie Q” (Dale Hawkins), “I put a spell on you” (Screamin’ Jay Hawkins), “The nigt time is the right time” (Nappy Brown), “Good Golly, Miss Molly” (antes popularizada por el recientemente fallecido Little Richard), el tradicional “The midnight special”, el himno soul “I heard it through the grapevine” (transformado en un tornado eléctrico de once minutos de duración) y, por supuesto, la legendaria y pegadiza “Cotton fields” de Leadbelly.

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El cantante y guitarrista John Fogerty compuso la mayoría de las canciones de CCR. Foto: borntolisten.com

La emblemática voz chillona, el pulso nervioso de las guitarras y la contundente sección rítmica mezclaban rock and roll, blues y country. Era un sonido crudo pero melódico, lejos de la experimentación psicodélica, de los rebuscamientos del progresivo y del pop tranquilo. Bullicioso y directo, era la banda sonora perfecta para animar clubes, antros, recitales al aire libre en su soleada California natal… y fiestas en La Habana.

Nuestros encuentros de fin de semana eran amenizados por los combos o por reproductores de carretes y tocadiscos: aún no existía el CD. Eran ocasiones para socializar, bailar, ligar o, sencillamente, poner atención a la música. Indefectiblemente, CCR me recuerda ese tiempo lleno de anécdotas que nos sobreviven.

En particular, unas de ellas tenía que ver con un oscuro personajillo, presente en casi todos los jolgorios y cuya habilidad era robar vinilos con un método no muy rebuscado. Llegaba armado de un bulto de LP y, mientras todos se entretenían entre licores y noviazgos potenciales, procedía, muy disimuladamente, a sustituir algunos de los buenos que sonaban por aquellos estropeados o desconocidos que ocultaba tras portadas impecables. Dejaba uno de Orlando Contreras y se marchaba con uno de The Animals. Rara vez fue capturado in fraganti: solía salirse con las suyas, y armó una colección notable de vinilos solos, sin cubiertas, que quién sabe qué rumbo tomó cuando él emigró. Llegó ser conocido como “el trocadiscos” y antecedió a los posteriores “cambiadores de cintas de casetes”, émulos del “gato por liebre”, que tantos estragos hicieron.

De CCR recuerdo que, sobre todo, las placas de “Pendulum” y “Cosmo’s factory” afloraban a cada rato entre nosotros, prestadas por sus afortunados propietarios y conseguidas por carambolas comerciales entre marinos mercantes o hijos de “pinchos” y diplomáticos extranjeros: las tiendas de discos ya habían desaparecido para esa fecha, barridas por la bota de la “ofensiva revolucionaria”.

Por suerte, el ingenio nacional y el mercado negro se encargaron de burlar aquello. Como epítome del rock en la bisagra entre dos décadas, Creedence Clearwater Revival tenía un sello inimitable. Cuando lo escucho ahora me sigue gustando tanto como antaño, me manda de regreso a la adolescencia, al deformado imaginario de una época que se perdió como se esfuman las tantas palabras que escribimos en la arena: los amigos muertos, exiliados o permutados quién sabe por dónde; el barrio lejano no solo en geografía sino en ambiente, y la ciudad bajo el mantón de la indiferencia.

Varias bandas habaneras mantienen vivos esos temas, tocándolos por aquí y por allá, prueba de que superaron la barrera de las modas. El sobreviviente Fogerty sigue actuando y sacando álbumes intermitentes; sus dos ex colegas armaron Creedence Clearwater Revisited para continuar una saga iniciada hace más de medio siglo. Todos echan mano a aquellas canciones. Parece tan inevitable como el confuso sentimiento que me embarga hoy al repetirlas. Un poco de sano disfrute, una pizca de tristeza y, revoleteando, encima de todo, la sorpresa de estar vivo y lúcido como para recordarlo.

Humberto Manduley
Humberto Manduley
Investigador especializado en la historia del rock en Cuba. Es autor de los libros El rock en Cuba, Hierba Mala: una historia del rock en Cuba y Parche: enciclopedia del rock en Cuba.

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