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    La maldición del Diony

    El cantante más popular del heavy metal cubano pasó de la nada al estrellato en más de una ocasión. Venus, Sentencia y Zeus han sido sus escuelas. Tres veces lo perdió todo y dudó seguir adelante, pero al final comprobó que el rock es su fe.

    por Junior Hernández Castro

    Ningún friki se emociona tanto con el cañonazo de las nueve como el que asiste, los últimos viernes del mes, al anfiteatro de la Habana Vieja. En ese instante, comienza el griterío de los que aguardan por la primera canción de Venus. Quienes no logran entrar porque el sitio está abarrotado, se quedan en los extramuros para escuchar y cantar desde lejos, a riesgo de que un policía les pida el carnet de identidad o los «invite» a acompañarlo. Lo que rara vez ocurre es ver a alguien marcharse antes del final, porque un concierto de ese grupo es, para los rockers del ’86, como el Domingo de Pascua para los fieles católicos.

    Con la descarga de seis cuerdas inicia el ritual nocturno. El ambiente suena a heavy, a guitarra rápida, a batería intensa. Cinco mil almas esperan porque el flaco de la camiseta comience a disparar, vía micrófono, las canciones que todos conocen: speed metal con letras propias y siempre en español. El frontman de Venus se acerca a la audiencia y comienza el asalto sonoro. “Mensaje”, “Amenaza nuclear” y “Del metal más duro” pasan como una ráfaga entre el público enloquecido. Con una energía infinita, el cantante desgasta el escenario; lo mismo se tumba en el suelo que lanza la ropa al aire.

    Su nombre es Dionisio Arce, y todos le dicen Diony. Mientras observa al gentío, seducido por el éxtasis rockero, sospecha que sus cuerdas vocales están haciendo historia. No se equivoca.

    —Pero cuando el grupo empezó a crecer, nos hicieron la vida imposible —recuerda el vocalista, tres décadas más tarde, desde su oficina de director en la Agencia Cubana de Rock—. Venus se había convertido en un fenómeno de masas y arrastraba tanto público como un artista de salsa o guaracha. Eso molestaba a «los de arriba», porque para ellos, el rockero era la lacra, el antisocial, el delincuente, el homosexual… Estabas coqueteando con la música del enemigo, y a ningún dirigente político o cultural le importaba cambiar la mentalidad. Si hablabas de rock and roll, la cagaste, hermano, la cagaste…

    ***

    Diony (centro) fue el cantante con el cual Venus alcanzó el éxito en los años ochenta. Foto: captura del documental Los Últimos Frikis.

    Los años 80 fueron tiempos de incomprensión y censura encubierta hacia el rock. Un sí, pero no, un «te mastico y no te trago». Cuando el heavy metal llegó a Cuba y Venus comenzó a ensayar (1982), sus integrantes tenían claro hacia dónde dirigir su música: algo diferente y original, con una identidad definida. Roberto «Skippy» Armada, el bajista y fundador del piquete, tenía un amigo que escribía algunos textos y ansiaba ver bandas de rock defendiendo sus propias creaciones. Así fue como Humberto Manduley —hoy historiador del género— se convirtió en el letrista del piquete. En sus primeros compases, pasaron por las filas un par de vocalistas que nunca terminaron de cuajar, y no fue hasta la llegada de Diony, a quien Skippy conocía del barrio, que Venus armó su núcleo.

    El primer paso para la banda fue conseguir la aceptación en las casas de cultura de La Habana, para así poder presentarse con cierta regularidad ante el público. Una vez logrado, quedaba lo más difícil: conquistar a una audiencia escéptica y acostumbrada a las versiones en inglés. Por fortuna para Venus, la situación mejoró en par de años. Diony conocía el mundo del espectáculo gracias a su madre artista, Velia María, y devino showman del rock and roll. Los frikis de la nueva generación comenzaron a identificarse con la música y la banda se presentó en casi todos los rincones de la ciudad.

    —Éramos muy excéntricos en el escenario y arrastrábamos un público joven que nos seguía a todas partes —recuerda, mientras enciende un cigarrillo—. Pero defendíamos un repertorio original y eso se convirtió en una molestia para algunos grupos de covers, que no querían reconocer nuestro papel en el desarrollo del rock nacional.

    Pese al ambiente caldeado, la entrada del promotor independiente Luis Kohly, en mayo del ’86, no hizo más que mejorar el panorama. «El Plátano», como es conocido en el underground habanero, asumió la producción del conjunto y ayudó a gestionar los recitales en sitios con mayor concurrencia, entre ellos, el anfiteatro de la Avenida del Puerto. Lo que comenzó como una modesta peña de 400 rockeros, logró reunir a cinco mil en apenas seis conciertos, sin apoyo de los medios de difusión. La audiencia rockera cantaba cada tema como si a diario se pasara en la radio, a la par que los agentes de policía, en la cercana estación de Cuba y Chacón, se preguntaban de dónde había salido aquel batallón de peludos.

    ***

    Con el paso del tiempo, Diony se ha convertido en una de las figuras de culto del rock cubano. Foto: Jeiser Rodríguez Fábregas/Opía Magazine.

    —El problema con la música rock y los tabúes que hay a su alrededor, se puede solucionar cambiando dirigentes, poniendo genta capacitada, que esté informada sobre el género…. gente arriesgada, también, porque hay muchos que, por no arriesgarse, no hacen las cosas —explica un Diony de 22 años, con pelo al estilo Beatle, arete en el lóbulo izquierdo y camiseta negra, en una filmación de 1987 para un documental sobre rock. En aquel tiempo, la realidad de Venus había cambiado de forma drástica y su popularidad no los llevaba precisamente Olimpo.

    En una fecha de mediados de década que el cantante no consigue precisar, se habían inaugurado los roces capitales entre el público y la policía. Para entonces, un supuesto error de planificación hizo coincidir a Venus con la Orquesta Revé en Guanabacoa, y el abucheo mutuo entre frikis y guapos pasó a un conflicto mayor en instantes. La peña del anfiteatro también trajo sus conflictos e indisciplinas del público, pero Diony recuerda sobre todo un incidente en San José de Las Lajas: en medio de la presentación, alguien de la audiencia lanzó al aire unos volantes con mensajes cristianos, y allí mismo terminó todo.

     —La policía entró y nos mandaron a bajar del escenario. Aunque la culpa no fue nuestra, cargamos con ella y estuvimos cuatro días detenidos en la cárcel de Villa Marista, por fomentar propaganda subversiva. «Cristo te ama» decía el papel… propaganda subversiva… de pinga…

    El día que fueron liberados, Diony supo que el destino de Venus estaba en la cuerda floja. Ya no se trataba del «córtense el pelo» y el «vístanse como gente normal»; ni de las visitas de la UJC con encuestas para evaluar su estado político-ideológico. A la par que crecía su legión de fanáticos y poder de convocatoria, la imagen de la banda se deterioraba a los ojos de las instancias políticas y culturales. Para fines del ’86, Diony y Skippy escucharon que filmaciones de sus conciertos comenzaron a mostrarse en las escuelas como un antro del que los jóvenes debían apartarse: pelos largos, música estridente, bailes inusuales y pantalones apretados, seguían siendo síntomas de diversionismo ideológico y desafección política.

    La siguiente medida, aunque directa al pecho, no tomó por sorpresa a nadie: suspensión indefinida de los shows en el anfiteatro. «Ahora sí», pensó, «nos están tirando a matar». Meses después, una orientación sin nombre sentenció que no podían seguir como grupo: solos pueden hacer lo que les dé la gana, pero juntos no van a tocar más.

    —En el año ’87, fuimos expulsados del local de ensayos por la dirección de la casa de la cultura de Carlos III y Castillejo. Cuando preguntamos por qué, la respuesta fue la misma cantaleta de siempre: éramos elementos nocivos y convocábamos a jóvenes con actitudes negativas hacia el proceso revolucionario. No querían que hiciéramos esa música y no había forma de defenderse. Ahí terminó todo… Por eso siempre digo que a Venus la desintegraron.

    Dos años después de aquel final, el escritor Eduardo del Llano relató en El Caimán Barbudo: «A Venus empieza a mirársele con desconfianza por determinadas actitudes de una fracción de su público, por vestirse “extravagantemente”, por su desmedida fama. (…) Se les consideró eje de los problemas que a veces creaban sus devotos y otros que imaginaban ciertos individuos. No se les apoyaba, pero se les exigía por cualquier cosa que no saliera bien».

    —Nunca pudimos grabar un disco, ni se publicó un anuncio nuestro en los medios, pero no había un solo rockero en La Habana que fuera ajeno a la banda —dice Diony convencido—. Gústele a quien le guste y pésele a quien le pese, Venus marcó un antes y un después para el rock en Cuba.

    ***

    Los años noventa fueron tiempos duros para el cantante de Zeus. Foto: Junior Hernández Castro/Opía Magazine.

    Aunque el grupo Sentencia nunca tocó en La Habana, muchos frikis recuerdan lo recuerdan del Ciudad Metal de 1990. Santa Clara acogería desde ese año el festival más grande de rock en Cuba, y Diony no perdió el chance para mostrar que seguía en talla. En junio de ese año, el cantante y su piquete reventaron el teatro Liberación, de Villa Clara, con una propuesta de heavy y power metal, siempre con canciones propias. Junto a los anfitriones de Alto Mando y los habaneros de Estirpe, Zeus y Gens, Sentencia completó uno de los eventos más memorables del rock a inicios de década, pero los desacuerdos internos culminaron en una temprana ruptura.

    Aquella separación llevó a Diony a probar suerte en Zeus, uno de los conjuntos acogidos por el nuevo «orfanato» del rock en La Habana: una casa de cultura en Nuevo Vedado conocida como El Patio de María. Sin embargo, la permanencia del vocalista fue breve, pues su carácter y ganas de protagonismo lo apartaron en apenas unos meses. Para inicios del ’91, rearmó la vieja escuadra por un tiempo, pero un impasse de seis años lo alejó de los escenarios y le hizo creer que había perdido todo. En diciembre del ’96 respiró otra vez los aires de la libertad y se reencontró con sus antiguos colegas de Zeus. Al abril siguiente, cantó invitado por la banda, y entendió que el escenario, como el sacerdocio, es un llamado imposible de ignorar.

    Pero al retornar como miembro a Zeus, en septiembre del ’97, los tiempos habían cambiado para el rock cubano. El público, inclinado hacia la vertiente metalera, buscaba un sonido más rápido y agresivo del que el frontman estaba acostumbrado. Fue entonces cuando dio rienda suelta a un estilo áspero y grave, influido por el thrash metal, y el nuevo sello quedó estampado en canciones como “Fuera de mi propiedad” y “Violento metrobús”.

    Para fines de los noventa, la banda se hallaba en el tope del metal habanero y sus conciertos cautivaron el interés de unos productores españoles interesados en la música underground de Cuba. De ese contacto nació el primer disco, Hijos de San Lázaro (2000) y dos giras musicales por España. Precisamente allá estaba Diony, en octubre de 2003, cuando el Patio de María fue clausurado por una orden gubernamental y los frikis de La Habana perdieron su espacio de encuentro. Las dudas de qué estaba pasando en Cuba y la impotencia de estar ausente se apoderaron del cantante hasta pisar el suelo patrio, en abril del año siguiente. Pero ya era tarde, o quizás lo fue desde un inicio. Las cartas, reuniones y demandas no impidieron dar marcha atrás a una decisión cuya herida nunca ha sanado del todo:

    —Me cortaron las alas, me dejaron sin vista, me quitaron la vida, pisotearon mi fe, todo por cuanto había luchado… Tanto tiempo ensayando, preparando el escenario, tanto tiempo luchando… —golpea la mesa y cambia a la segunda persona gramatical, como si el culpable anónimo pudiera escuchar su reclamo—: Me dejaste sin nada. Me partiste la existencia, el corazón… todo a cuanto dediqué la vida me lo tiraste a mierda. Me cerraste… Y nunca me diste una explicación.

    Después de cuatro años, en julio de 2007, el Ministerio de Cultura aprobó la creación de la Agencia Cubana de Rock, y Zeus pasó a encabezar el catálogo de los grupos profesionales. La sala Maxim, un viejo cine del municipio Plaza de la Revolución, se convirtió en el Maxim Rock al ser transformado en una sala de conciertos.

    —La creación de la Agencia fue un importante porque ofreció a los grupos la posibilidad de trabajar y de tener un espacio para realizar espectáculos, apoyó en la gestión de las grabaciones con discográficas cubanas y contribuyó a incrementar la presencia de las bandas en los medios —opina Diony, quien en 2019 fue nombrado su director—. Pero la Agencia no ha cumplido su propósito, ni ha hecho todo lo que podría, porque no tiene con qué, porque no existe una verdadera proyección internacional sin acceso a Internet, y porque no se puede mantener vivo un movimiento desde un único espacio físico. Siguen existiendo los mismos prejuicios de siempre hacia los rockeros, y cada vez que intentamos promocionar un artista nuestro hacia otros escenarios, te dicen que la cartelera está llena, que no es música rentable o que no quieren buscarse un lío. Te aceptan cualquier cosa, menos rock. Por eso cuando el Maxim cerró tres años por reparaciones, el rock en La Habana tocó fondo…

    ***

    Hacer rock en Cuba es cada vez más difícil, pero el cantante de Zeus no está dispuesto a rendirse. Foto: Jeiser Rodríguez Fábregas/Opía Magazine.

    El año de su aniversario 25, los músicos de Zeus comprendieron que la era friki estaba terminando en Cuba. Cuando abordaron el avión rumbo a Guantánamo —el primer destino de su primera gira nacional (2013)— Diony auguraba el éxito y le embriagaba la idea de cantar frente a un público que quizás había esperado media vida para ver a su banda en vivo.

    Nada, ni siquiera un apagón imprevisto, iba a detener aquel concierto en oriente. Un empate de cables eléctricos y el entusiasmo de un grupo de rockers locales, bastaron para que el concierto terminara felizmente. En Santa Clara, una de las plazas del género en Cuba, Zeus vivió su segunda noche triunfal, pero en Ciego de Ávila, el tercer destino, Diony tendría un deja vu de sus años de carrera en Venus.

    —No, no, yo me niego a tocar ahí —protestó cuando vio que el escenario donde Zeus debía presentarse, lo ocupaban una orquesta de timba y unos cantantes de reggaetón. Los teloneros del show, al parecer, no habían podido presentarse esa noche, y algún sesudo con autoridad pensó que el reggaetón y el metal hacían una mezcla tan buena como el chícharo y el café. Como consecuencia, el público que esperaba a Zeus pasó de un puñado de melenudos con botas a una comparsa de chancletas y caderas—. Aquí lo único que vamos a conseguir son problemas —le espetó a la productora de la gira—. Desde el primer acorde esa gente nos va a caer a botellazos. Esto no es un ambiente para nosotros.

    —Mira… ustedes vayan y toquen… y lo más mínimo, arrancas con tus músicos y…

    —No, no, no, yo no me arriesgo a eso —replicó el cantante, y ante la nueva insistencia, aseveró—: esta posición yo no la entiendo, y como artistas que somos, nos reservamos el derecho de tocar —«al menos», pensó, «Camagüey nos espera».

    Pero aquella ciudad, aunque nadie lo sabía, tampoco aguardaba su presencia. Un escenario vacío y una audiencia fantasmal hicieron al grupo debatirse entre la pregunta de qué cosa era aquello y las quejas de «¡qué falta de respeto, asere!» y «¡qué clase de mierda, compadre!». Desde el centro provincial de la música, les informaron que el camión con el equipamiento llegaría un poco tarde, y luego, que parte del equipo de audio estaba estropeado y no iba a funcionar.

    —Ya no hay más nada que hacer —lamentó Diony—. De aquí, nos vamos pa’ La Habana… Se acabó… —subió junto a los otros a la guagua y se acercó a mirar por la ventanilla. Mientras el chofer encendía el motor, pensó que los tiempos para el rock habían cambiado, pero los problemas seguían iguales: «a nadie le importa nada», concluyó. Miró a sus compañeros, que no paraban de hablar sobre el fiasco, y entendió que quizás el problema era no aceptar que los rockeros cada vez eran menos—. Camagüey nos va extrañar… —dijo por fin en voz baja, y repitió—: nos va a extrañar.

    ***

    —Si me preguntas por qué el movimiento de rock cubano no ha llegado más lejos, tengo varias respuestas —anuncia y comienza a numerar con los dedos—: una de ellas es que nunca, ni siquiera ahora, existió una unidad real entre los rockeros, lo mismo por cuestiones materiales, que por la competencia y la forma de pensar. Esa idea del «quítate tú para ponerme yo», fue una constante para muchos grupos. Pero un palo no hace monte, y al final la vida nos ha enseñado que la escena es de todos, y solo unidos podemos asumir los problemas e intentar resolverlos.

    »Es un hecho también que faltó conciencia y falta todavía hoy: muchos músicos mantienen la mentalidad de pedir las cosas, en lugar de exigirlas. Tú eres un artista, y como mismo tienes una trayectoria, posees el derecho de exigir a tu empresa. Lo que pasa es que, como durante mucho tiempo ese derecho no existió, se tiende a olvidar.

    »Los seguidores del rock también tienen determinadas preferencias y consideran a algunas bandas y géneros como auténticos y a otras, no. Entonces, dentro del movimiento, hay quienes discriminan a ciertos grupos o estilos. También sucede que antes había más ganas de todo: en el Período Especial se hacían conciertos en cualquier municipio, los grupos se movían por todas partes y muchas puertas estaban abiertas. Está claro que también es un problema generacional, pero si nos siguen manteniendo en sitios específicos y no nos dejan crecer…—se encoge de hombros—, ¡imagínate tú!

    »Por último, me parece que el mayor obstáculo, ha sido y sigue siendo hasta hoy la ideología, porque hasta que quienes dirigen los organismos y las instituciones asuman que nosotros no tenemos nada que ver con el enemigo… o con el sistema político cubano… hasta que no entiendan que los rockeros no somos un problema social, que tener el pelo largo y vestirte de una manera no determina quién eres, seguirán poniendo trabas. Lo primero es cambiar esto —se palpa la sien con el índice—, y a partir de ahí, ver qué pasa.

    »El rock cubano tiene mucho por andar todavía, pero si no se superan estas crisis, seguirá decreciendo hasta desaparecer. Y cuando eso ocurra, solamente quedarán en la memoria las bandas que tengan una obra propia. El resto habrá pasado por la historia sin que nadie recuerde su nombre. Yo prefiero pensar que el trabajo de Zeus no ha sido en vano, que estaremos en el primer grupo. Que vamos a trascender».

    ***

    Pese a todos los obstáculos, Diony confía en que la obra de Zeus perdure en la memoria de los rockeros cubanos. Foto: Jeiser Rodríguez Fábregas/Opía Magazine.

    Vestido con suéter negro, pantalón elastizado y unas botas de brillo impecable, Dionisio Arce aguarda en la oscuridad porque los utileros terminen de montar la batería. Es noche de sábado, y puede intuirse, porque el Maxim Rock está lleno, que quien cierra el show es Zeus. Si bien es cierto que el público rockero ha mermado en los últimos años, algunas agrupaciones conservan su número de seguidores, al menos, en la capital. Diony sabe que la suya es una de ellas, y conoce el libreto a la perfección.

    Su repertorio es casi invariable: a las canciones iniciales y el disco grabado en España, le suma unos cuantos temas del último álbum, La verdad prohibida (2014). Catorce años separaron ambos lanzamientos; no por falta de material, sino por desinterés de las disqueras estatales. Luego de muchas exigencias, reuniones y hasta congresos de la Asociación Hermanos Saíz (AHS), el sello Colibrí asumió la producción y Zeus entró al estudio a grabar. El CD —descartadas dos canciones por censuras de producción— obtuvo el premio Cubadisco al año siguiente en la categoría de rock/metal, pero nunca se editó en físico. No había materia prima.

    De vez en cuando, Diony fantasea con grabar un disco de Zeus de puras baladas de rock. Mientras espera porque el sueño se cumpla, sigue cantándole al orgullo rockero y las viejas cicatrices, a la censura y la hipocresía, al dinero y la corrupción; siempre desde el heavy metal. Así, cuando la chispa se enciende en la sala y el público grita y aplaude, el Diony de 54 años y pelo por los hombros, no escatima en demostrar su vieja estirpe de friki indomable:

    —No me critiques más —canta—, no me dejas pensar. Solo anhelo vivir, sin verte junto a mí. Tu alma me apresará. Tú sangre me ahogará. Tu aliento llegará, dañando mi bondad. ¡FUERA! —grita— ¡DE MI PROPIEDAD! —responde la audiencia a coro—. ¡FUERA! ¡NO JODAS MÁS!

    Diony abandona el suéter y muestra el torso desnudo antes de volver a cantar. Sus brazos están cubiertos de tatuajes, algunos de ellos con motivos tribales. En el antebrazo izquierdo figura su apodo junto las palabras sangre, dolor y lágrimas, y cuando da la espalda al público muestra un par de alas grabadas. Siempre que termina un tema, pregunta a sus fanáticos qué otros quieren escuchar, y los gritos de «¡Hermano!», «¡La silla!», «¡Libérame!» y «¡Confiesa!» inundan el auditorio. De vez en cuando, entre las peticiones, alguien gruñe, en tono de ebriedad, DIONISIO, TE AMOOOO. Sonríe y lanza un beso hacia público.

    Abajo, junto al estrado, conviven rockeros de todas las edades: desde adolescentes con pullovers de Rammstein, hasta «dinosaurios» de cinco o seis décadas, que de seguro vivieron los inicios del heavy metal cubano. Quizás, entre la multitud, haya alguien que conoció a Diony de adolescente, escuchando rock por la radio anglosajona en un puente del malecón. Puede ser, incluso, que lo haya visto lanzarse al agua, junto a otros frikis, al ver que se acercaba un patrullero o un oficial de policía. Si alguno le preguntaba «¿ustedes qué hacen ahí?», la respuesta era una obviedad:

    —Refrescando un poco, agente, que hace un calor de madre.

    La Habana (1997). Jefe de Redacción de Opía Magazine. Licenciado en Periodismo por la Universidad de La Habana, fotógrafo ocasional y rockero sin fronteras. Intento escribir un libro sobre memorias del rock en Cuba.

    Baracoa (1990 ). Director ejecutivo de Opía Magazine, fotógrafo y realizador audiovisual. Friki desde los diez años, con doce fui a mi primer festival Metal HG. He trabajado en las revistas Epicure y Caché Cubano.

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